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Revue interdisciplinaire d'études hispaniques

12 | 2019 Philosophie en Ibéro-Amérique

Gina Del Piero et Facundo Ruiz

Barroco y res publica. Los indios y el centro de la ciudad según Sigüenza y Góngora

Article

Texte intégral

  • 1 Edmundo O’Gorman, «Sobre los inconvenientes de vivir l...

  • 2 Natalia Silva Prada, La política de una rebelión: los ...

1Cuando finalmente el alboroto en México alcanza el motín, la tarde y noche del 8 de junio de 1692, dos vertientes del conflicto se evidencian, incluso se distinguen más aún, pero sin separarse: del lado oficial, si son puestos en tela de juicio el virrey y otras autoridades, acusadas de especulación y negligencia, es también la Iglesia quien –a través de algún predicador, entre otros– confirma dichos rumores y luego busca apaciguar a los tumultuantes; del lado popular, al mismo tiempo que ciertos rumores y secretos se confirman o emergen como fuerza efectiva, la composición y la actuación colectiva no sólo se muestran heterogéneas (hay indios y negros pero también españoles y criollos, están quienes apedrean a los nobles y prenden fuego el Palacio y quienes solo huyen o aprovechan el revuelo) sino que, rápidamente, composición y actuación se reconfiguran como estigma de riesgosa hegemonía, ya señalando a los indios –y sobre todo a los de Tlatelolco– como agentes exclusivos del desastre ya propagando la idea de una conspiración cuyo objetivo, nada menos, era hacerse con el gobierno y la tierra. Pero si bien evidentes y hasta tangibles en deposiciones, informes y relatos varios, estas vertientes no se separan y «revelan –dice O’Gorman– el verdadero estado de la sociedad de aquella época, demostrando que la mezcla de indios y españoles era ya una realidad demasiado maciza para que por medio de disposiciones legales pudiera desvirtuarse»1. Pues incluso, y en más de un punto, se trata de vertientes que se retroalimentan, discursiva y fácticamente, o eso dan a pensar tanto las cartas anónimas como los pasquines que circularon poco después, en donde acusación y enunciador, información y tono alternan o cruzan bandos (y «centros») dinámicamente; y eso también parece confirmar el hecho sensible –e insoslayable tras la investigación de Silva Prada2– de que, aunque los españoles se convencieron de la culpabilidad de los santiagueños (e incluso se llegó a dictar formal prisión contra los hijos de los principales de Santiago) no sólo el asunto quedó sin resolver sino que, a diferencia de los de Chalco y Tlaxcala, los de Santiago ni reiteraron su voluntad de vasallaje al rey ni pidieron disculpas por los actos que involucraron a los «indios de México», a lo que cabe sumar el silencio que pocos años después impusieron los gobernadores de San Juan y de Tlatelolco, don Mateo de Rojas y don Felipe de Santiago respectivamente, sobre las causas del motín al ser preguntados en el proceso de residencia del virrey Conde de Galve, a quien exoneraron generosamente.

  • 3 Elías J. Palti, Una arqueología de lo político, Buenos...

  • 4 Cf. Carlos de Sigüenza y Góngora, Mínimas multitudes. ...

2Exactamente allí, en el punto donde dichas vertientes se evidencian y distinguen pero no se separan, surge nítidamente la res publica, a la vez espacio público de sentido y sentido político del espacio. Allí también, ineludibles, la figura de Carlos de Sigüenza y Góngora (1645-1700) y su literatura, a un tiempo públicas y políticas. En ese entramado, que singularmente fue en el siglo XVII el teológico-político, y a relativa distancia de ambos polos, aparece un espacio distinto e intermedio que es –como el de la plaza y la pulquería, el del Palacio y la iglesia, el del imperio y la nación– espacio de unidad y hendidura, de vínculo e incongruencia. Y por eso –señala Palti3– su problema será fundamentalmente la articulación: cómo, tras haberse vuelto nociones límite, componer comunidad y soberanía, derecho y justicia, gobierno y opinión pública. Esa mediación imposible pero cotidiana, este terreno común lleno de territorios disímiles, encuentra en la escritura de Sigüenza y Góngora en general y en la que atiende al motín de 1692 en particular la singular coyuntura de dos textos desigualmente circulados y escritos, conocidos y editados: por un lado el célebre Alboroto y motín de los indios de México (fechado el 30 de agosto de 1692 y dirigido al capitán Andrés de Pez, entonces en Madrid), de cuya amplia difusión dan cuenta las varias copias manuscritas que circularon hasta principios del siglo XX cuando fue por primera vez impreso, aunque recién en el XXI de forma completa y adecuada4; por otro lado el infame informe que, por encargo del virrey Conde de Galve, firma el 5 de julio del mismo año y que solo en 1938 publica Edmundo O’Gorman junto con otros documentos archivados bajo el título que –eufemístico y elocuente– señala el problema al que también debía atender (y responder) Sigüenza: «Sobre el inconvenientes de vivir los indios en el centro de la ciudad».

  • 5 José Revueltas, «Autogestión académica y universidad c...

3Este último escrito de Sigüenza, nunca atendido por la crítica textual y abiertamente desatendido por la crítica literaria (no sólo aquella que se ocupa de la obra del mexicano sino también la que ha estudiado Alboroto y motín en particular), es el que aquí presentamos, mejorada su trascripción y anotado por primera vez, junto a dos decretos del virrey: el que lo encarga (30 de junio) y el que resuelve se haga según el parecer del «catedrático de matemática de la Real Universidad de esta Corte, don Carlos de Sigüenza y Góngora» (9 de julio). A esto sumamos un documento inédito (24 de julio), firmado entre otros por Sigüenza y Góngora, en el que se da cuenta ya no de los inconvenientes de que vivan los indios en el centro de la ciudad sino de llevar a cabo acciones concretas (como la redistribución de tierras y viviendas) pergeñadas como solución a dicho conflicto. Como decíamos, si el motín manifestó la emergencia problemática de un espacio de articulación política todavía indefinido, pero ya definitivo, es en la figura y obra de Sigüenza y Góngora donde esa articulación configura (involucra y trastorna) públicamente una literatura. Como proponía José Revueltas para el Movimiento del 68, y como podría pensarse también el sermón guadalupano de fray Servando Teresa de Mier de 1794 o la noticia que recibe Rodolfo Walsh en 1956 sobre el fusilado que vive, lo que ocurrió aquel 8 de junio de 1692 fue «esencialmente un acto teórico, una acción teórica», esto es –dice Revueltas– «el encuentro de ese tipo de ideas que, al entrar en contacto con una realidad dada, tienen la virtud de remover –trastornar– sus estratos más profundos»5. De allí que todavía hoy los dos textos del mexicano continúen pivoteando –cuestionando y replanteando– los límites de ficción y no ficción, de literatura y literatura gris, de ciudad letrada y república de las letras, de barroco y res publica. En este sentido el relegamiento crítico del informe del 5 de julio no sólo interrumpe o recorta, románticamente, la figura pública del escritor que deliberado construye Sigüenza y Góngora para sí y en su obra, sino que confirma que el problema político de la articulación es también el de una política de la literatura que opta por dejar de lado la diagonal abierta por la incongruencia constitutiva de su escritura, aquella que en América siempre une y hiende –del Inca Garcilaso a María Moreno pasando por Rubén Darío y de Kamau Brathwaite a Sousândrade pasando por Lucía Berlin– historia y poesía.

  • 6 Fol. 8r.

  • 7 Cf. Antony Higgins, Constructing the Criollo Archive: ...

  • 8 Cf. Natalia Silva Prada, op. cit., p. 32 y p. 511.

  • 9 Fol. 4r.

  • 10 Fol. 4v.

4Porque además, o nada menos, el informe del 5 de julio tiene que dar cuenta de límites, asignar «términos» pide el virrey6, no sólo porque lo ocurrido parece indicar que algo (¿la política de los Habsburgo, la reivindicaciones locales?7) ha perdido o modificado notablemente su curso, sino porque aunque el motín no pueda ser pensado como un mecanismo de quiebre de las estructuras coloniales, tampoco puede desconocerse que abría «pequeños espacios», riesgosas «fisuras» por donde asomaba una «cultura política» de la que los indios eran protagonistas pero, en absoluto, únicos responsables8. Así, más que de los «inconvenientes» de que vivan los indios en el centro de la ciudad, situación que Sigüenza advierte enseguida como irremediable (y escribe «presuponiendo ser ya imposible el que estos se reduzcan a un solo y determinado lugar»9), el informe deambula entre la historia de los términos (auctoritas) y el interminable conflicto político que supone la ciudad como espacio compartido y difícil de compartimentar (res publica) para terminar –tomando aquella diagonal abierta por la incongruencia constitutiva de la escritura: ¿no presuponía «ser ya imposible…»?– sugiriendo el diagrama de un «centro» que vuelva a fundar «lo principal de esta ciudad (…) reduciendo otra vez a práctica lo que en su fundación se hizo»10 y nunca llegó a concretarse...

  • 11 Fol. 4r.

  • 12 Margo Glantz, Ensayos sobre Literatura Colonial. Obra...

  • 13 Fol. 4v.

  • 14 Fol. 4v.

  • 15 Sigüenza y Góngora, op. cit., p. 158.

  • 16 Fol. 4r.

  • 17 Fol. 5r.

5En esta oscilación entre un ab initio (fundacional) y un in media res (publica), la figura de corte y pliegue es –como también sucede en Alboroto y motín– Hernán Cortés: «tengo por acertado se observe ahora y se reduzca a práctica lo que ejecutó el Marqués del Valle cuando, después de su debelación y conquista, reedificó esta ciudad»11. Y no solo la figura sino, como precisó Margo Glantz para el conquistador, el gesto escriturario que funda un «ente imaginario» delimitando «una jurisdicción citadina». Pero si al conquistador la fundación de la Villa Rica de la Vera Cruz, esa «ciudad escriturada», le abre las puertas «de la realidad: Tenochtitlan, ciudad verdadera que sí ocupa un lugar en el espacio»12, al catedrático en matemática en cambio la ciudad verdadera, ese México donde resulta impensable reducir los indios a un solo lugar, le abre las puertas de una superficie de cálculo: «la planta topográfica»13, una ciudad de posiciones relativas, el diseño de una ciudad sin cuerpos ni perspectiva pero recorrible, pues ese mapa –aquella representación– solo le resulta posible «después de haber andado sus barrios y contornos tres o cuatro veces en estos días»14. Nuevamente, y al igual que ocurría en Alboroto y motín con el cálculo de la ganancia que las indias obtenían con la preparación de tortillas (“dejé la pluma y envié a comprar una cuartilla de maíz»15), la literatura de Sigüenza supone bimembración y composición, corte y pliegue, trabajo de campo y de escritorio: dejar la pluma y mandar a comprar harina, caminar la ciudad y levantar su planta topográfica. La ciudad como «ente imaginario» (escriturario) en el siglo XVI se vuelve, en el XVII, un «ente geométrico» (matemático). Por eso Sigüenza, para reedificar la ciudad, «tira líneas». Fundar es, ahora, tramar: enhebrar y unir, hendir y urdir. Un problema de composición (ars inveniendi), no de creación (creatio ex nihilo). Y la trama urbana que ofrece el informe hace exactamente eso: enhebra lecturas (“esto lo dicen los historiadores» y cita a Herrera, Torquemada, Gómara y alude a Bernal Díaz16), une acontecimientos (el tumulto de 1624, los intentos de 1537 y 1549) y personajes urbanos (indios, negros, españoles, calceteros, virreyes), hiende (“tirar esta línea de separación entre lo principal de la ciudad (…) y los barrios de su circunferencia»17) y urde, sobre la planta topográfica, el plot:

  • 18 Fol. 5r (cursivas nuestras).

Y para que no haya en ello confusión alguna puede mandar Vuestra Excelencia, siendo servido que a los religiosos ministros que ocupan las parroquias de indios y a los gobernadores de estos de la parte de San Juan y Santiago y a las personas a quienes se cometiere la ejecución de esta resolución, se dé un traslado de estos linderos para que, después de reconocerlos y hacerse capaces de cómo corren, se observe inviolablemente lo que Vuestra Excelencia mandare, que será siempre lo mejor.18

  • 19 Pilar Gonzalbo Aizpuru, «El nacimiento del miedo, 169...

  • 20 Cf. Natalia Silva Prada, op. cit., pp. 246-247.

  • 21 Ibid., p. 127.

6La traza y su «inviolable observación», de todos modos, duró con suerte un año, sin olvidar que la expulsión de los indios de «lo principal de la ciudad» fue parcial, pues estuvieron exceptuados los sirvientes de panaderías, los condenados a servicio personal y los casados con españoles y sus hijos; como había supuesto Sigüenza, era ya imposible reducirlos a un solo lugar. «El mundo escindido en dos grupos de españoles e indios que las autoridades imaginaron como consecuencia del tumulto, no era más que una creación de su miedo, que negaba la realidad.»19. En cualquier caso, entre julio y agosto de 1693, don Manuel Suárez Muñiz, alcalde de la Real Sala del Crimen, constata que muchos indios ya habían regresado a sus viviendas20. De hecho, señala Silva Prada21, tampoco el proyecto original de la corona de la separación de repúblicas había sido un éxito: las inundaciones, especialmente la de 1629 (cuando se da permiso para que los indios habiten la traza) y la deficiente planificación –tangible aún en el documento del 24 de julio que rubrica Sigüenza entre otros– volvían inviable el control de un flujo permanente, necesario y multánime. En cambio la organización en doctrinas –según el patrón jurisdiccional eclesiástico, nombre dado a las parroquias indígenas– dispuesta en el siglo XVI en dos parcialidades (la de San Juan Tenochtitlan y la de Santiago Tlatelolco, cada cual formada por barrios de origen prehispánico como Tlatelolco y Cuepopan) y la disposición de parroquias para blancos continuaba ordenando la vida urbana, por supuesto no sin conflictos, como dan abundante cuenta los informes pedidos por el virrey a los padres doctrineros y se lee en el documento del 24 de julio firmado también por Sigüenza. El entramado del siglo XVII, no sólo el temporal sino el espacial, no sólo el geométrico sino el vital, era aún –como decíamos– teológico-político.

  • 22 Ibid., p. 516.

7Es curioso y quizá no sea casual: el título del conjunto de autos en el cual se encuentra el informe de Sigüenza y Góngora entre otros documentos, «Sobre el inconveniente de vivir los indios en el centro de la ciudad», resulta –tras la lectura completa de los textos allí reunidos– sintomático, pues diseña el cuadro de un problema ofreciendo al mismo tiempo la clave de la fantasía que lo constituye y desvela: el hecho de que los indios se hubieran vuelto –si es que alguna vez dejaron de ser– el centro de la ciudad, de la polis, es decir, el centro de la vida política. Sin duda, dada la situación colonial, un centro desplazado del centro; o también lo que señalaba y todavía hoy, cotidianamente en América, lo descentrado de una política de Estado: no su red sino los agujeros. La fantasía de una conspiración, de la que dan testimonio dispar españoles, criollos e indios, la fantasía de que los indios –y sus aliados, en absoluto circunstanciales– pretendían el gobierno y la tierra y lo pretendían a sangre y fuego, aunque inconfirmable estrictamente (aun cuando no falten evidencias), expone con precisión no sólo que el motín no fue un hecho aislado ni coyuntural –como demuestra Sigüenza en su informe y relata en Alboroto y motín– y que por tanto tuvo –como sostiene Silva Prada– «un mínimo principio de planificación»22 sino que el problema era, exactamente, la relación entre el centro de la ciudad y los indios, la definición de los «términos» de cada cual, la articulación (u oclusión) del protagonismo de cada uno en la vida urbana. Un problema político, un problema de participación: cuestión de res publica. Y quizá, también curioso y también raramente casual, un problema que no sólo «era» (en 1692) sino que «seguía siendo» pues ¿no se estaban cumpliendo dos siglos exactos de la llegada de Colón a las Indias? La imposible reducción de los indios «a un solo y determinado lugar» que presupone Sigüenza al escribir su informe resuena, a lo largo de las declaraciones, testimonios y documentos oficiales, muchas veces no como el problema sino –nítida o llanamente– como la fantasía: la imposible reducción de los indios.

  • 23 Fol. 4r.

  • 24 Carlos de Sigüenza y Góngora, op. cit., pp. 187-188.

  • 25 Cf. Natalia Silva Prada, op. cit., pp. 294-5.

  • 26 Cf. Andrés Cavo, Los tres siglos de México, México: I...

8Y ya en terreno de protagonismos problemáticos o fantaseados no puede pasarse por alto el del mismo Sigüenza y Góngora y, más aún, el de su –también tan problemática como fantaseada– figura pública. Porque, aunque ya se quejara el 26 de junio al Cabildo (según consta en acta) de que nadie le hubiera agradecido su actuación correctamente, el informe del 5 de julio es el primer texto donde explícitamente da cuenta de su desempeño durante el motín al arrojarse heroico al fuego para rescatar los archivos de la ciudad. Allí –sin humildad aunque entre paréntesis– dice: «saquélos yo de entre las llamas la fatalísima noche de ocho de junio en que juntamente con las casas de Cabildo se abrasó su archivo»23. Y no sólo el primer texto sino el único porque en Alboroto y motín (fechado menos de dos meses después), si crece el elogio casi hiperbólicamente, ya no se refiere a su actuación sino en tercera persona, anónimamente, aunque dos veces (como si solo una pudiera, tal vez, pasar desapercibida): «Repito otra vez el que Dios le dé el cielo a quien entre tantas llamas sacó y aún tiene en su poder los Libros capitulares, únicamente privilegiados en tan voraz incendio»24. Como en otros tantos pasajes de su obra, Sigüenza esboza aquí rápidamente el cuadro –problema y fantasía– que entendía medular a su figura pública: su destacada y conocida actuación letrada, la certeza de un reconocimiento inadecuado y, más probable aún, de un pronto y fatal olvido. Y por ello, quizá, haya menos un autoelogio desmedido en sus palabras (y en dichos pasajes) que el registro meticuloso de un problema –aún cierto– que involucra letrados y res publica en América. Dos cuestiones, de todos modos, resultan comunes a informe y relato y tal vez merezcan una consideración más detenida: en primer lugar la reducción de una acción colectiva a una obra individual, pues en ambos textos solo una persona lleva adelante la hazaña mientras de la incursión, sin duda coordinada y patrocinada por Sigüenza, participaron familiares y un mulato, Antonio de Arana, sastre, que –según declararon el mismo Sigüenza y sus hermanos– desde las 11 de la noche los habría ayudado a apagar el fuego25 en segundo lugar que este episodio, canonizado en Los tres siglos de México26 por el jesuita Andrés Cavo pero que en 1967 trasciende las fronteras letradas al convertirse –en la tapa de la popular revista de historietas Vidas Ilustres donde, entre llamas, surge Sigüenza protegiendo unos libros bajo la leyenda: «¡Se lanzó a las llamas… y rescató la cultura!»– en el santo y seña de un letrado que –confirmando sus temores– sería más recordado por la historia que por la literatura, más por su «cultura» que por su obra, más como el archivista que como el escritor impar que efectivamente fue.

9Y en este tendido de redes que propone la obra de Carlos de Sigüenza y Góngora, en aquel registro de los agujeros que traman historia y poesía en América, articulando informes y relatos, sucesos y personajes, ideas y realidades de una literatura vasta y multiforme, continúan resonando también –inolvidables y de una punta a la otra de la historia mexicana– los tiros, los balazos que en 1692 los indios, como en 1968 los estudiantes, decían no sólo haber recibido desde los balcones (del Palacio, unos; del edificio Chihuahua, otros) sino también en las calles, en los alrededores de la plaza, donde también eran heridos con espadas, antes, con bayonetas, después. En esa red, en esa herencia no heredada que articula la heredad de América, la literatura de Sigüenza sigue –radical– tirando líneas, trazando mapas: obrando.-

Esta edición

10 Esta edición tiene, para nosotros, un propósito crítico y otro ecdótico: si por un lado nos interesa reponer, al repertorio sigüencista y para recomponer esa literatura, textos poco considerados por la crítica pero muy singulares, como es el informe del 5 de julio de 1692 (solo aparecido en 1938 en Boletín del Archivo General de la Nación, tomo IX – nº 1), por otro entendemos que, dado el tenor y peripecias de la obra y figura de Carlos de Sigüenza y Góngora, resulta fundamental reponer el diálogo, la red de voces en la cual la suya establece temple y tino, tono y timbre; por esto lo presentamos junto a dos decretos del virrey (el que motivó el informe y el que se apoyó en él para dictaminar) y el todavía inédito documento firmado –entre otros– por Sigüenza, para entramar y extender con ellos la red en la cual la obra del mexicano hace y piensa, participa y transforma nuestra literatura.

Su fuente

11Tanto el informe del 5 de julio escrito por Carlos de Sigüenza y Góngora como los dos decretos del virrey (26 de junio y 9 de julio) y el documento del 24 de julio firmado, entre otros, por Sigüenza y Góngora son parte de un rollo de microfilm que reúne dos tomos de manuscritos referidos a «México y sus disturbios: Tumultos, 1621-1692» conservados en la Biblioteca Bancroft de la Universidad de California, Berkeley, archivados bajo la signatura «Banc. MSS M-M 149 y «Banc. MSS M-M 150».

  • 27 Cf. Banc. MSS M-M 226.

12Los tomos recopilan transcripciones de diversas manos, de fuentes españolas y mexicanas, relacionadas con los disturbios ocurridos en México y principalmente con el de enero de 1624, de donde las disputas del Marqués de Gelves con la Audiencia y el Arzobispo Juan Pérez de la Serna, y del arzobispo con las órdenes religiosas; también incluye una carta del cosmógrafo real, Sigüenza y Góngora, al Almirante Andrés de Pez, Ciudad de México, 30 de agosto de 1692, referente a una rebelión india27, conocida como Alboroto y motín de los indios de México. Originalmente estos manuscritos fueron reunidos por José Fernando Ramírez para suplemento de los Documentos para la Historia de México, segunda serie, vol. 2-3 (1855), aunque no fueron –los referentes al tumulto de 1692– allí incluidos.

Y criterios

13En esta edición hemos modernizado los textos para facilitar su lectura a interesados/as no especialistas. Actualizamos la ortografía, puntuación y uso de mayúsculas y minúsculas aunque permanecen ciertas lecciones en su grafía original (i.e. comprehenderse por «comprenderse», poblazón por «población») para, hasta donde es posible, mantener la materialidad de la voz de los textos y dar cuenta de su escritura y la sintaxis. Los nombres de calles, barrios, conventos se han corregido cuando eran confusos o poco identificables, o variaba su ortografía; en el resto de los casos, se han dejado tal cual aparecen en el manuscrito.

14Reproducimos los decretos e informes a línea tirada aunque incluimos entre corchetes el cambio de folio, recto y verso. También entre corchetes agregamos, cuando lo entendimos necesario, palabras o partes de palabras que mejoran la lectura. En nota al pie dejamos, en dos ocasiones, locativos según su grafía en el manuscrito. También en nota al pie, añadimos solo algunos datos que nos parecen relevantes o útiles para la lectura y contexto de producción del informe del 5 de julio sin convertir la transcripción en un estudio de valor histórico o documental únicamente. Las notas dan cuenta de algunas referencias bibliográficas o históricas pertinentes, así como de un vocabulario poco conocido o propio de la época y –dado el caso– del contexto jurídico-material de los textos.

[Decreto del Virrey]

  • 28 Zeclavín [en ms.]

15[fol. 8r] Don Gaspar de Sandoval Cerda Silva y Mendoza, conde de Galve, gentilhombre de la Cámara de su Majestad, comendador de Zalamea y Ceclavín28 en la orden y caballería de Alcántara, virrey, gobernador y capitán general de esta Nueva España y presidente de la Real Audiencia de ella.I Por opuesto a la buena policía de esta ciudad y gobierno de sus naturales, de algún tiempo a esta parte se ha dificultado de la conveniencia o inconvenientes de que vivan dentro de ella y en los jacales, solares y casas que imponen su principal vecindad de españoles, sin que hasta ahora haya tenido resolución este punto. Por los embarazos que se han ofrecido para la práctica de uno u otro, y de mandar retirar a los barrios y parroquias propias a dichos naturales con asignación de términos y distrito para sus habitaciones, y porque con la ocasión de su movimiento acaecido a los ocho del corriente, incendios, tumulto y saqueo en que incurrieron,II me pareció que instaba más la resolución de lo referido –lo expresé en decreto de veinte y uno del corriente– y que se llevase al Real Acuerdo por voto consultivo para que sobre la referida proposición se discurriese lo que más convenga. Y con su vista, hasta en el parecer de veinte y seis del mismo mes asintiendo al mismo hecho y dictamen de lo así propuesto lo corrobora con la Ley 19, Lib. 6to, Tít. I de la Novísima Recopilación de las IndiasIII, añadiendo que para que se practique no sólo insta el estrago que cometieron los indios unidos a la ínfima plebe –su semejante que habita en los [fol. 8v] paralajes más escondidos y ocultos de esta ciudad a propósito, todo para esconderse y salir a cometer gravísimos delitos, como las experiencias lo han hecho patente– sino porque, con la insolente libertad que consiguen viviendo en México despueblan viviendo en sus lugares haciéndolos desiertos, dificultan su administración no teniendo sus propias parroquias noticia alguna de ellos, y si tienen alguna es horror ver, que los vienen a administrar el Viático de extremo a extremo de la ciudad; dificultan también y hacen dudosa la recaudación de tributos y otras cargas de su obligación. Y fuera de otros inconvenientes, llenan esta república de gente ociosa, vagamunda, inútil, atrevida, facinerosa y pronta a ejecutar execrables y los más horribles delitos fiados en la impunidad que les asegura su mismo desconocimiento y bajeza.IV Y así que sobre este supuesto me sirviese ordenar informasen los ministros de doctrina de los barrios lo que en este particular experimentan. Y habiéndome conformado con dicho parecer para tomar la resolución que más convenga en el servicio de su Majestad y observancia de sus leyes y práctica de la [fol. 9r] referida citada, por el presente ruego y encargo al reverendo padre ministro de doctrina de la de los indios de la parcialidad de Santa CruzV de esta ciudad que con toda brevedad y distinción me informe sobre lo propuesto por el Real Acuerdo en su parecer y de los deslindes de términos y solares de los barrios que tocan a la reducción y administración de su doctrina y hasta qué cuadra se extiende; ordene extender cada barrio y doctrina para que quede la de su cargo con proporción y reducción sin incorporarse con lo principal de esta ciudad, lo cual ejecutará como espero de su celo. México y junio treinta de mil seiscientos noventa y dos años.

16 [rúbrica]

17[fol.4r] Excelentísimo señor:

18Ejecuto aquí lo que en despacho de primero de julio me encarga Vuestra Excelencia acerca de que informe de los términos que se pueden asignar entre la población de españoles de que esta ciudad se compone y la de los indios de que se formen sus barrios. Y presuponiendo ser ya imposible el que estos se reduzcan a un solo y determinado lugar por los pleitos inacabables que entre los religiosos que ocupan sus parroquias se originarían y mantendrían con grande empeño, porque se les quitaban sus feligreses, tengo por acertado se observe ahora y se reduzca a práctica lo que ejecutó el Marqués del Valle cuando, después de su debelación y conquista, reedificó esta ciudad.VI

  • 29 Acorta, abrevia, interrumpe.

19Que fuese esto lo dicen los historiadores de la manera siguiente: Antonio de Herrera. Década 3. Lib. 4 cap. 8. pág. 155: Trazó la ciudad, repartió los solares entre los conquistadores y el cuartel de los castellanos puso aparte.VII Fray Juan de Torquemada en su Monarquía Indiana Lib. 3 cap. 26. pág. 327: Esta ciudad está ahora fundada y constituida en el riñón y medio de lo que antes era población de los indios de este primero barrio llamado Tenochtitlan; no se mezcla esta ciudad con los indios pero cércanla por sus cuatro partes haciendo barrios por sí, que son los arrabales de dicha ciudad.VIII Francisco López de Gómara en su Conquista de México fol. 235: Trazó el lugar, repartió los solares entre los conquistadores y mandó que el barrio de españoles fuese apartado del barrio de los indios y así los ataja29 el agua.IX Casi lo mismo dice Bernal Díaz del Castillo al fin del cap. 170 de su HistoriaX y en todas las de aquel tiempo y del mismo asunto se lee lo propio.

20Mucho más que esto, en orden a que los indios estén separados de los españoles, se hallará en los primeros Libros capitulares de esta ciudad (saquélos yo de entre las llamas la fatalísima noche de ocho de junio en que juntamente con las casas de Cabildo se abrasó su archivo)XI por donde consta el que, no satisfaciéndose sus providentísimos regidores con tener a los indios lejos de sí y en distintos barrios, solicitaron no sólo con los oidores que allá en lo primitivo gobernaron solos y con Don Antonio de Mendoza y Don Luis de Velasco, primeros virreyes,XII sino con el gloriosísimo Emperador Carlos Quinto en su Consejo de Indias, el que se amurallase y fortaleciese esta ciudad de México no por otro motivo sino el de asegurarse de los indios en algún movimiento a que les indujese la inconstancia en lo bueno, en que son constantes, y la innata malicia con que aborreciendo a los españoles (aun cuando más los benefician) proceden siempre.

21De no ejecutarse así, y de irse entrometiendo los indios en la población de los españoles, se originó haber intentado aquellos, auxiliándose [fol.4v] de negros, sublevarse con la ciudad el año de 1537 y lo hubieran conseguido (por la multitud que había de ellos en aquel tiempo) si casi milagrosamente no se descubre.XIII De los indios avecindados en la ciudad se valía Juan Román, de oficio calcetero, cuando el año de 1549 maquinaba señorearse de ella.XIV Indios fueron los que en la sedición de 15 de enero de 1624 dieron gigante cuerpo a lo que principiaron muchachos.XV Y los mismos indios avecindados casi en todas las más casas de los españoles, y lo más ponderable en la misma plaza en ranchos estables que allí tenían y en las pulquerías donde se contaban por centenares los que de día y de noche las frecuentaban, fueron los que ejecutaron el estrago que tenemos hoy a la vista para llorarlo siempre.

  • 30 Mexicaltzinco [en ms.]

  • 31 Vuelta, torcimiento, desvío.

  • 32 Puerta de entrada al convento.

22Por todo lo cual, teniendo por justo, santo, bueno y precisamente necesario retirarlos de lo principal de esta ciudad de México, y reduciendo otra vez a práctica lo que en su fundación se hizo, después de haber contemplado muy despacio la planta topográfica de esta ciudad, y después de haber andado sus barrios y contornos tres o cuatro veces en estos días, me parece que comenzando desde la puente que llaman de las tres parroquias, que es a las espaldas de la casa que fue del marqués Urrutia, se venga por la calle de Santa Isabel hasta llegar al Salto de la agua, y desde allí, tirando al oriente por la calle real de San Pablo hasta llegar a dicho Colegio, y dejándolo a mano derecha, proseguir hasta una alcantarilla y puente antigua de piedra que está en la acequia que llaman de los curtidores y viene de Mexicaltzingo30, y desde dicha puente viniendo por la misma acequia hacia el norte hasta la puente de la Leña, y por otro nombre de Cozotlán, se hará una guiñada31 por entre casa de Antonio Domínguez y otras inmediatas (la acequia en medio) que pertenecen a la Santa Iglesia Catedral, hasta un poco antes de la puente de Santa Cruz, que es por donde corre una calle que llaman del chico y sale por las espaldas del Colegio y Hospital de la Santísima Trinidad, la cual se seguirá hasta una esquina que llaman de Ribillas, desde la cual se tirará al occidente hasta salir a la plazuela de San Gregorio, y de allá, volviendo otra vez al norte y pasando por la puerta de la Iglesia de este Santo, se llegará a la esquina que hace la huerta del Colegio de San Pedro y San Pablo de los Padres de la Compañía de Jesús, desde donde se correrá hasta la puerta reglar de dicho colegio,32 y de allí siguiendo [fol.5r] una acequia pequeña se llegará hasta donde se cruza con la que pasa por delante de la Iglesia de San Sebastián de religiosos del Carmen, la cual corre para el occidente hasta llegar a la puente de las tres parroquias, desde donde se comenzó a tirar esta línea de separación entre lo principal de la ciudad, en que solo han de vivir españoles, y los barrios de su circunferencia que quedan por todas partes para vivienda de indios y de otros que allí tienen labradas casas. Todo lo cual, por lo que toca a la parte septentrional, occidental y meridional de la ciudad, es conforme a lo que dicen los autores que cité arriba; y por lo que mira a la parte oriental, atento a no haber por allí acequia a propósito ni calle derecha y toda poblada por donde guiarse, no fue posible tirar dicha línea sino del modo dicho por que no quedasen despobladas las parroquias de Santa Cruz y San Sebastián.XVI

  • 33 San Juan Tenochtitlan y Santiago Tlatelolco.

  • 34 Es decir, una “copia” de la traza antes señalada (cf....

23Y para que no haya en ello confusión alguna puede mandar Vuestra Excelencia, siendo servido que a los religiosos ministros que ocupan las parroquias de indios y a los gobernadores de estos de la parte de San Juan y Santiago33 y a las personas a quienes se cometiere la ejecución de esta resolución, se dé un traslado de estos linderos34 para que, después de reconocerlos y hacerse capaces de cómo corren, se observe inviolablemente lo que Vuestra Excelencia mandare, que será siempre lo mejor. México 5 de julio de 1692.

24Don Carlos de Sigüenza y Góngora [rúbrica]

[Resolución de hacer según informes recibidos]

25[fol. 6r] México 9 de julio de 1692

26Atento a que de los informes de los ministros de doctrina de indios de parcialidades y barrios de esta ciudad se percibe la confusión y duda de términos de las parroquias y administraciones de su cargo, y a no poder hacerse juicio por ahora de los tocantes y correspondientes a los barrios dichos, y instar la declaración y asignación de los de dicha ciudad para el cumplimiento de lo proveído a los veinte y siete del pasado, con parecer del Real Acuerdo, sobre el retiro de los indios de ella dentro de veinte días atendiendo al presente estado de su policía, planta y extensión de población de españoles en que se haya, mando que por ahora sus términos de su recinto sean y se entiendan, por lo que toca a dicha población y vecindad de españoles, en la conformidad que los propone el catedrático de matemática de la Real Universidad de esta Corte, don Carlos de Sigüenza y Góngora, en su parecer de cinco del corriente;XVII y que los despachos contenidos en el Real Acuerdo, por lo que toca a la salida y habitaciones de los indios, se arreglen a dichos términos y su deslinde en el todo; y que en razón de ellos, se libren los demás necesarios para que dichos padres doctrineros los tengan entendidos y hagan saber a sus feligreses, ocurriendo estos [fol. 6v] a instruirse de ellos; y juntamente, para que sus gobernadores y oficiales de república lo ejecuten en la misma forma y dispongan el que en las casas de comunidades o de cabildo de sus barrios y parcialidades se asienten dichos confines y términos de esta ciudad y población de españoles, [lo hagan saber] en la lengua vulgar de los naturales y en parte pública, para que vengan a su noticia y ninguno pretenda ignorancia. Entendiéndose lo mandado sin perjuicio del señalamiento de solares, sobre lo cual se les reserva su derecho para que le deduzcan en común o en particular como les convenga. Y declaro no comprehenderse en lo determinado los indios sirvientes de panaderías ni los condenados a servicio personal o depositados con autoridad de justicia. Y porque en cuanto a unos y otros exceptuados, sobre su buen gobierno parece precisa alguna providencia, se lleve sobre ella al Real Acuerdo por voto consultivo este decreto, informes y autos a que se remite; y juntamente, para la conferencia y resolución de lo que convenga a servicio de su Majestad en orden a los demás puntos que no la tienen hasta ahora y se proponen y deducen por los dichos ministros de doctrina. [rúbrica]

[documento inédito]

27[fol. 73r]

28Excelentísimo señor

29México y julio 24 de 1692

30Al Real Acuerdo, por voto consultivo [rúbrica]

  • 35 Santa María la Redonda (antes Cuepopan, hoy Colonia G...

  • 36 El franciscano fray Joseph de la Barrera.

  • 37 Probablemente, Juan Clemente Guerrero o Joseph Díaz X...

  • 38 Documento que justifica o constata una inscripción re...

  • 39 Tantear o examinar.

31Habiéndose servido Vuestra Excelencia de mandar que los indios vivan en los barrios de esta ciudad y se les repartan sitios en que fabriquen sus casas, y especial a los indios del barrio de Santa María35, y expedido mandamiento (que para en poder del reverendo padre ministro de esta doctrina)36 y mandado sea con nuestra intervención y de dicho reverendo padre, en su obedecimiento pasamos a ejecutarlos ayer, veinte y tres del corriente, con su asistencia y del escribano del cabildo de esta muy noble ciudad37. Y hallando que algunos sitios que se reconocieron para repartir podían tener dueños (aunque la gran justificación de Vuestra Excelencia manda se den sin perjuicio de terceros), por excusar los litigios que después de repartidos y fabricados se pueden ofrecer, hicimos se diesen tres pregones en distintas partes para que las personas que tuviesen derecho o propiedad a ellos demostrasen sus recaudos38 dentro de seis días, apercibiendo que pasados se declararían por perdidos, después de lo cual se pulsaron39 algunas dudas. Y deseosos de acertar en materia que Vuestra Excelencia se sirve de encargar a nuestro cuidado, nos ha parecido muy de nuestra obligación representarlas a Vuestra Excelencia para que sobre cada una mande lo que la grand[e] comprehensión de Vuestra Excelencia y ejecutemos [fol. 73v] con toda puntualidad.

32Muchos sitios exactos, Señor Excelentísimo, que dicho padre ministro insinuó se podían repartir, [están] contiguos a casas de españoles y mestizos y lo más poblado de ellos; y como la in[ten]sión es separarlos y que vivan aparte, pues en este barrio hay bastantes sitios retirados, se haga el repartimiento de ellos reservando los otros para españoles; de que resultará el que en lo que nuevamente se diere se forme un pueblo, y en él con separación se hallarán los indios [y] estarán a la mira para cuando sea necesarios aprovecharlos en obras públicas y otras. Cada uno en su oficio, sin mucho embarazo. Y se excusaran los que se han experimentado hasta aquí, cuando se ha ofrecido. Y esto mismo se entienda en los demás barrios, retirándolos a las albarradas y partes que pueden poblar sin que se atienda a los [sitios] que los indios escogieren sino a los que parecieren convenientes dar a cada uno, pues vimos y reconocimos que en muchas partes se han adelantado a poner estacas señalándose de su motivo y elección los sitios que les ha parecido más a su propósito.

33Así mismo, Excelentísimo Señor, hay sitios que se va a cortar la ciudad y estrechar su poblazón de españoles: repartirlos a los indios por poderse en ellos fabricar casas que adornen y hermoseen la ciudad a que se debe atender para su extensión. Que los que parecieren y se reconocieren pueden [fol.74r] servir para este fin, puede mandar Vuestra Excelencia se reserven de este repartimiento, que no es dudable se hallarán poblados de españoles si a ellos se les diera de balde como a los indios.

  • 40 Causas u origen.

34Es innegable el gran celo, amor y caridad con que los reverendos padres ministros de doctrina asisten a todo lo que mira al servicio de ambas majestades, y lo harán al repartimiento de estos sitios. Pero pueden resultar entre los indios algunas quejas contra ellos y haber sus semillas40 por no conseguir los sitios que pretendieren. Y no es razón las tengan con quienes les administran el pasto espiritual sino que les atiendan y respeten con la veneración que deben, nos parece siendo Vuestra Excelencia servido relevarles de esta asistencia; pues por lo que toca a su doctrina y conocimiento a los naturales, no se sigue ningún embarazo, porque con un testimonio o razón de los sitios que se repartieren a qué personas y en qué parajes, quedan como empadronados los que nuevamente fueren a vivir a sus barrios, porque a los demás los tienen por memorias.

35Así mismo, se pulsó que muchos indios, por mejorar de sitios y arrendar las casas que tienen en los mismos barrios y hacerlo granjería, pretenderán otros; como quiera que la intención no es mudar de los barrios a los que en ellos están sino a los que habitan esta ciudad y centro de ella, nos parece que solo a estos se les señale sitios y a los demás que se queden en sus casillas y solares, y de habérseles de dar, siendo los que tienen [fol. 74v] inmediatos a casas de españoles, los dejen a la ciudad para que esta los dé o venda a quien le parecie[ra].

36Todo lo cual se nos ofrece que informa a Vuestra Excelencia para [que] se sirva de mandar lo que con[venga] y lo ejecutemos con la puntualidad que debemos. México y julio 24 de 1692 años.

37[rúbricas]

Notes

1 Edmundo O’Gorman, «Sobre los inconvenientes de vivir los indios en el centro de la ciudad», Boletín del Archivo General de la Nación  n° 1, 1938, p. 2.

2 Natalia Silva Prada, La política de una rebelión: los indios frente al tumulto de 1692 en la Ciudad de México, México: El Colegio de México, 2007.

3 Elías J. Palti, Una arqueología de lo político, Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2018.

4 Cf. Carlos de Sigüenza y Góngora, Mínimas multitudes. Alborotos, motines y polémicas (eds. Facundo Ruiz y Gina Del Piero), Buenos Aires: Corregidor, 2018.

5 José Revueltas, «Autogestión académica y universidad crítica», en Observatorio Social de América Latina – CLACSO 24, 2008, pp. 154-159.

6 Fol. 8r.

7 Cf. Antony Higgins, Constructing the Criollo Archive: Subjects of Knowledge in the Bibliotheca Mexicana and the Rusticatio Mexicana, Indiana: Purdue University Press e-books, 2000; y Anna More, Baroque Sovereignty. Carlos de Sigüenza y Góngora and the Creole Archive of Colonial Mexico, Philadelphia: University of Pennsylvania Press, 2013. , México:.﷽﷽﷽﷽., pp. de México”pp.

8 Cf. Natalia Silva Prada, op. cit., p. 32 y p. 511.

9 Fol. 4r.

10 Fol. 4v.

11 Fol. 4r.

12 Margo Glantz, Ensayos sobre Literatura Colonial. Obra reunida I, México: Fondo de Cultura Económica, 2006, pp. 38-39.

13 Fol. 4v.

14 Fol. 4v.

15 Sigüenza y Góngora, op. cit., p. 158.

16 Fol. 4r.

17 Fol. 5r.

18 Fol. 5r (cursivas nuestras).

19 Pilar Gonzalbo Aizpuru, «El nacimiento del miedo, 1692. Indios y españoles en la Ciudad de México», Revista de Indias 244, 2008, p. 29.

20 Cf. Natalia Silva Prada, op. cit., pp. 246-247.

21 Ibid., p. 127.

22 Ibid., p. 516.

23 Fol. 4r.

24 Carlos de Sigüenza y Góngora, op. cit., pp. 187-188.

25 Cf. Natalia Silva Prada, op. cit., pp. 294-5.

26 Cf. Andrés Cavo, Los tres siglos de México, México: Imprenta de J. R. Navarro editor, 1852, p. 113.

27 Cf. Banc. MSS M-M 226.

28 Zeclavín [en ms.]

29 Acorta, abrevia, interrumpe.

30 Mexicaltzinco [en ms.]

31 Vuelta, torcimiento, desvío.

32 Puerta de entrada al convento.

33 San Juan Tenochtitlan y Santiago Tlatelolco.

34 Es decir, una “copia” de la traza antes señalada (cf. supra: fin de fol.4v y comienzo de fol.5r).

35 Santa María la Redonda (antes Cuepopan, hoy Colonia Guerrero), en la parcialidad de San Juan Tenochtitlan.

36 El franciscano fray Joseph de la Barrera.

37 Probablemente, Juan Clemente Guerrero o Joseph Díaz Ximénez.

38 Documento que justifica o constata una inscripción registral.

39 Tantear o examinar.

40 Causas u origen.

Notes de fin littérales :

I Gaspar de la Cerda Sandoval Silva y Mendoza (1653–1697), VIII conde de Galve, fue virrey de Nueva España entre 1688 y 1696. Segundo hijo de Rodrigo Díaz de Vivar de Silva y Mendoza, IV duque de Pastrana, y de la VIII duquesa del Infantado, Catalina de Mendoza Sandoval de la Vega y Luna, fue parte –gracias a su padre y a su hermano mayor, Gregorio, y también a su segundo suegro, Fadrique Álvarez de Toledo Osorio, VII marqués de Villafranca– del círculo de los Grandes, poderosa y reducida aristocracia castellana del siglo XVII, a través de la cual obtuvo el cargo.

II Desde «Por opuesto», copia el decreto del 21 de junio aludido palabras después. Éste documento continuaba: «parece que insta más la resolución de lo referido, se lleve este decreto al Real Acuerdo por voto consultivo para que sobre ella discurra lo que más convenga al servicio de su Majestad y al presente estado de la materia». A la que seguía la rúbrica del virrey.

III «Ley XIX. Que los indios sean puestos en policía sin ser oprimidos.» Para que los indios aprovechen más la cristiandad y policía, se debe ordenar que vivan juntos, y concertadamente, pues de esta forma los conocerán sus prelados y atenderán mejor a su bien y doctrina. Y porque así conviene, mandamos que los virreyes y gobernadores lo procuren por todos los medios posibles, sin hacerles opresión y dándoles a entender cuán útil y provechoso será para su aumento y buen gobierno, como está ordenado. [Al margen: El emperador D. Carlos y la Emperatriz G. en Valladolid a 23 de agosto de 1538]. Recopilación de las leyes de las indias (Libro 6to, Título I. De los indios). Madrid, Julián de Paredes, 1681: fols. 190-191. Con esta cita comenzaba el decreto del 26 de junio aludido líneas antes.

IV Desde «se practique», copia el decreto del 26 de junio antes mencionado. En este documento, más allá de cambios menores («insta no solo» se lee en el primero y aquí «no sólo insta») o clarificadores (se lee el 26: «con la insolente libertad que consiguen viviendo en México despueblan sus lugares haciéndolos desiertos»), aparece otra posibilidad para «y si tienen alguna» que por elisión aquí parece remitir a «noticia» (si tienen alguna noticia) pero que el del 26 explicita «si tienen alguna gran diligencia».

V Santa Cruz Cotzinco, administrada por agustinos en 1692 y cuyo doctrinero era fray Antonio Girón.

VI Referencia a Hernán Cortés, a quien Carlos I de España dio en 1529 el Marquesado del Valle de Oaxaca; y a su vencimiento y ocupación de la provincia o reino por la fuerza y con ruina (debelación).

VII Antonio de Herrera y Tordesillas. Historia General de los hechos de los castellanos en las Islas i tierra firme del Mar océano… Madrid, Juan de la Cuesta, 1615.

VIII Fray Juan de Torquemada. I Parte de los veynte i un libros Rituales i monarchía indiana, con el Origen i guerras de las Indias Occidentales… Sevilla, Mathias Clavijo, 1615.

IX La istoria de las Yndias y conquista de Mexico… Çaragoça, Agustín Millán, 1552; luego aparecida como Primera y segunda parte de la Historia General de las Indias con todo el descubrimiento y cosas notables que han acaecido dende que se ganaron ata el año de 1551. Con la conquista de México y de la Nueva España… Çaragoça, Miguel Capila, 1553.

X Bernal Díaz del Castillo. Historia verdadera de la conquista de la Nueva España… Madrid, Imprenta del Reyno, 1632. En el capítulo aludido se lee: «Dejemos lo acaecido en Castilla, y volvamos a decir de la Nueva España, cómo Cortés estaba siempre entendiendo en la ciudad de México, que fuese muy bien poblada de los naturales mexicanos, como de antes estaban, y les dio franquezas y libertades, que no pagasen tributo a su Majestad, hasta que tuviesen hechas sus casas, y aderezadas calzadas y puentes, y todos los edificios y caños por donde solía venir el agua de Chalputepeque para entrar en México, y en la población de los españoles tuviesen hechas iglesias y hospitales, de los cuales cuidaba como Superior y Vicario el buen padre fray Bartolomé de Olmedo, y había él mismo recogido en un hospital todos los indios enfermos, y los curaba con mucha caridad, y otras cosas que convenían.»

XI Referencia al suceso detenidamente relatado en Alboroto y motín de los indios de México (firmado un 30 de agosto de 1692) donde Sigüenza y Góngora también da testimonio de su actuación pero en tercera persona: «Repito otra vez el que Dios le dé el cielo a quien entre tantas llamas sacó y aún tiene en su poder los Libros capitulares, únicamente privilegiados en tan voraz incendio» (2018: 187-188).

XII Tras la victoria de Hernán Cortés en 1521, y por los conflictos que su actuación generaba, en 1527 se crea la primer Audiencia de México, constituida por un presidente y oidores, a la que sigue una segunda en 1530. Antonio de Mendoza y Pacheco fue el primer virrey de Nueva España entre 1535 y 1550; Luis de Velasco y Ruiz de Alarcón, entre 1550 y 1564.

XIII El intento de sublevación de septiembre de 1537, a diferencia de lo dicho por Sigüenza y Góngora (y como consta en la por él citada Monarquía Indiana Libro V, cap. XI), fue organizada y no auxiliada por esclavos africanos a quienes –avisado– el virrey Antonio de Mendoza detuvo y castigó muy severamente, cosa que no ocurrió igual con los indios cómplices o aliados.

XIV Otro intento de alzamiento, organizado en este caso no por indios ni esclavos sino –escribe Torquemada– por «un Juan Román, oficial de calcetero, Juan Venegas y otro italiano» que «cogidos, fueron justiciados en esta ciudad de México, confesando el delito que habían cometido e intentado hacer» (Monarquía Indiana Libro V, cap. XII).

XV Multitudinaria revuelta popular que finalizó con la destitución del virrey Diego Carrillo de Mendoza y Pimentel, marqués de Gelves, en el contexto de variados conflictos entre éste y sectores del poder, especialmente los ligados al arzobispo Juan Pérez de la Serna, pero también al cabildo de la ciudad y la Audiencia, encabezada por Pedro de Vergara Gaviria. En más de una relación, contemporáneas al levantamiento (como las de Gerónimo de Sandoval, Ruiz de Cabrera, Bernardino de Urrutia), se dice que son «muchachos» quienes llevan a cabo las primeras acciones.

XVI No obstante seguir Sigüenza la antigua traza española, cabe recordar –como hace Silva Prada (2007: 130)– que ésta se compuso en un primer momento de 13 cuadras (del centro hacia fuera) y luego de 25, lo que en cierto modo explica su «desquicio» o la superposición de jurisdicciones, solares y nuevos (y viejos) habitantes.

XVII Estos «términos de su recinto», como confirma y copia un despacho firmado por el virrey un día después (10 de julio), son exactamente los detallados por Sigüenza y Góngora en su informe.

Pour citer ce document

Gina Del Piero et Facundo Ruiz , «Barroco y res publica. Los indios y el centro de la ciudad según Sigüenza y Góngora», [En ligne], Numéros en texte intégral /, Philosophie en Ibéro-Amérique, mis à jour le : 10/09/2019, URL : https://revues.univ-pau.fr/abay/3409.

Quelques mots à propos de :  Gina  Del Piero

Gina Del Piero

ILH – FONCyT

Quelques mots à propos de :  Facundo  Ruiz

Facundo Ruiz

UBA – CONICET