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Líneas
Revue interdisciplinaire d'études hispaniques

Annexes

Felipe Lázaro

Conversaciones con Gastón Baquero

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Texte intégral

Primera conversación (1987)

1Felipe Lázaro – Visitar la casa de Gastón Baquero, en la madrileña calle de Antonio Acuña, es como acercarse a una prolongación de Cuba en España, donde los retratos de José Martí acompañan a los de Rilke y Whitman, mientras las paredes desaparecen repletas de estanterías de libros, que son su cotidiana obsesión, sumergido constantemente en sus interminables lecturas. ¿Cómo influyó en tu formación y vida literaria el haber nacido en un pueblo como Banes, más en contacto con la naturaleza, el campo, los cultivos y tu posterior descubrimiento de La Habana, más cercana de lo foráneo, de la influencia extranjera?1

2Gastón Baquero – Mi pueblo natal no era exactamente un pueblo campesino con predominio de lo rural sobre lo urbano. Por la presencia allí, desde el año 2, de la United Fruit Company (seamos justos, mal que moleste) la calidad de vida de ese pueblo, que presumía de haber sido la capital indígena de Cuba, Baní, era deseada y envidiada por muchos otros pueblos del contorno.

3Una de las consecuencias o razones de esa calidad de vida era la abundancia de las escuelas públicas y privadas. Hasta los que por razón de pésima condición económica no asistíamos a la escuela a la edad conveniente conocíamos de la fama de los maestros y maestras, caracterizados casi todos ellos por el amor a los versos y por el hábito de decir poesías, en el aula o en la tribuna patriótica, en el café o en las reuniones familiares.

4Tengo de esto una memoria tan viva que ahora mismo puedo recitar sin tropiezo tiradas enormes de los poetas más difundidos hacia los años veinte. En mi casa natal estaba representada la inquietud cultural del pueblo por el amor casi enfermizo de las mujeres por la lectura de poemas románticos (Darío, Silva, Nervo, etc.) y de novelas populares (M. Delly, Carolina Invernizio, Alejandro Dumas, Vargas Vila, Elinor Glynn, Maryan, ¡lo que fuera con tal que hiciera llorar!) y por la ansiedad de una joven tía mía por copiar y aprenderse cuanto poema llegaba a su conocimiento. Era moda tener cada muchacha una libreta, un libretón, donde ella y sus amigas y amigos escribían poemas, esforzándose en la caligrafía muy cuidada.

5Me veo de muy niño, sin haber aprendido del todo a leer, con una libretas de ésas en las manos, leyéndole en voz alta poemas a la tía, para que los fuese pasando a la libreta suya. Poemas de Darío, de Nervo, de Díaz Mirón, de Heredia, de Zenea, de Martí, de Manuel Acuña, de Silva, de Julio Flórez… Esto, se afirma, deja huella. Cuando me reprocho el énfasis, lo oratorio, lo demasiado elocuente a veces que hay en los poemas que escribo, me consuelo pensando que no sólo he nacido en el Trópico, en el retumbante mundo antillano, sino que además entré en el mundo de la poesía arrastrado por unas melodías que eran más bien sonsonete y trompetería, énfasis y sentimentalismo sin límites.

6No guardo memoria de cuándo comencé a escribir, en secreto, naturalmente, enseñándole únicamente a la tía de los poemas aquellas cosillas. Tendría once o doce años –antes de ir para la capital– cuando mi confidente y guía me dijo: «Vamos a copiar eso en la libreta grande, porque me ha gustado mucho. Léemelo despacio». Y desarrugando un pequeño papel que estrujaba entre las manos, muy avergonzado y titubeante, leí para ella lo que había escrito sin saber bien por qué:

EL PARQUE

El parque de mi pueblo tiene
cuatro laureles y el busto de un patriota.

Cuando la tarde es hecha una lumbre tranquila,
arriban silenciosa las ancianas.2

La tarde es lo más bello de este pueblo,
y son tristes sus noches,

cuando el parque se queda desolado,
con sus cuatro laureles y el busto de un patriota.

7El parque y los laureles eran literales, pero las ancianas me las inventé. Veía el cuadro completo, no cómo era exactamente, sino como yo quería que fuese. Instintivamente, había comenzado ya a arreglar el mundo, a poner en el escenario lo que yo quería que estuviese allí y no lo que en realidad estaba allí. Si es cierto aquello de que «el niño es padre del hombre», en mi caso se confirma. Se es de mayor lo que se fue de niño, sólo que ampliado, deteriorado, echado a perder.

8Sí. La poesía fue siempre para mí, y sigue siéndolo, un instrumento, una herramienta con la que se puede, o bien conocer a fondo el mundo que nos rodea, o bien rehacer y construir a nuestro antojo ese mundo. Me llega a la memoria, en este momento, como una visita inesperada, otro ejemplo de mi instintiva tendencia a reformar la realidad. Pasaba un río por el centro del pueblo. Era un río con la menor cantidad posible de río que se haya visto, pero hablábamos de él como de alguien que de tiempo podía dar la sorpresa de convertirse caudaloso y peligrosísimo. La verdad es que queríamos los muchachos tener un río importante y magnificábamos aquel hilillo de agua verdosa.

9Los psicoanalistas dirán por qué soñé una noche que se había ahogado en el río una amiga pequeña, la más bonita del pueblo, la que en la iglesia escogían para vestirla de ángel el Domingo de Resurrección. El sueño me impresionó y quise contárselo a mi público, que era mi tía. Y a lo que escribí le puse encima el título de «Elegía», porque la palabra me gustaba y sabía ya que se trataba de muerte. Aquí está cómo transformé, teniendo trece años como mucho, el sueño que había tenido:

A la niña que ha muerto esta mañana
le hemos puesto en el pecho una azucena,
y hemos puesto además una manzana
junto a su mano pálida y serena.

Los niños han venido. Y está llena
su habitación de leve porcelana,
parece que se mira en la azucena
y que tiende su mano a la manzana.

Nos alejamos quedos de su lecho
contemplando otra vez su faz serena,
y mientras rueda el sollozo en nuestro pecho,

y nos sigue el olor de la azucena,
la decimos adiós, vamos derecho
a llorar en lo oculto nuestra pena.

10Dramatizar un hecho irreal, o convertir en irrealidad un hecho dramático, es cosa que nació conmigo. No creo que conduzca a nada interesante averiguar si se debe a inconformidad con el mundo en general, o a disgusto con uno mismo por sus defectos, o a rebeldía ante los aspectos feos de la existencia, que son tantos. Venga de donde venga esa tendencia, ese instinto irrefrenable, es de ahí y no de la literatura de donde extraigo los poemas, de donde los he extraído siempre.

11Esta persona dominadapor la fantasía –por la necesidad o por el gusto de fantasear– es la que sale un día de su pueblo y va a vivir a la capital. A la capital de un país con tradición larguísima de poesía. Y de poesía llena de fantasía, de imaginaciones, de poetas que por lo mismo que no han visto jamás la nieve, escriben cantos y cantos a la nieve, que es lo debido. Hablar de lo que no se visto es crear. Intentar describir lo visto es una utopía, porque lo real es inapresable por la palabra y aun por la mirada.

12F. L. – Vivir de la literatura es casi un sueño imposible. Por eso te dedicaste, desde muy joven, al periodismo como medio que te permite continuar con tu carrera de escritor. Pero el periodismo no sólo ha sido una forma digna de ganarte el pan, sino una vocación; como bien señaló Juan J. Remos, tú eres un «ensayista periodístico». ¿Qué nos puedes decir de esta ingente labor por la que obtuviste el premio nacional Justo de Lara, desde que te iniciaste como joven periodista en Informaciones (1943) hasta tu cargo de jefe de redacción del Diario de la Marina, ambos periódicos habaneros?

13G. B –Me  hice ingeniero agrónomo para complacer a mi padre. Dicen que de muy niño, cuando me hacían esa pregunta idiota que se hace a los niños. ¿qué vas a ser cuando seas grande? (¡como si el niño pudiera saberlo!), yo respondía: agrómono. Seguramente, mi padre, burócrata, soñaba con lo que los burócratas creen que es una liberación: el título universitario, y si es de agricultura, de campo abierto, de aire libre, mejor. Para el burócrata, el agrónomo es como el corredor de 400 metros para quien le faltan las dos piernas.

14Estudié con interés, sin esfuerzo ni sacrificio mental, porque todo me ha interesado siempre: todo lo que enseña algo, añade, descubre pedazos de realidad. Me hubiera gustado ser astrónomo por encima de toda otra ciencia, pero el estudio de esa ingeniería, a la que se acompañaban materias de ciencias naturales, me dio muchas satisfacciones culturales. El microscopio, la taxonomía, la zootécnica, la apicultura, abren un mundo maravilloso, inagotable. En cuanto oí en una clase de Química hablar de dos sales llamadas Rejalgar y Oropimente corrí y escribí un poema titulado «Fábula de Rejalgar y Oropimente», que creo recordar se lo envié a Marcos Fingerit, un heroico editor de revistas poéticas de Buenos Aires. (A él le envié también, después, un poema titulado «Dafnis», del que sé fue publicado, pero jamás volví a verlos).

15Dejo indicado que al mismo tiempo que estudiaba, escribía poemas, de tiempo en tiempo, cuando tenía realmente deseos o necesidad de escribirlos, tal como me ocurre ahora. No concibo eso de «sentarse a escribir poesía» como si fuera a colocar ladrillo a ladrillo para levantar una pared, sino que sólo escribo cuando tengo verdaderos deseos de hacerlo. Y esos deseos me asaltan inesperadamente, asomándose a mí a través de un verso suelto, de un grupo de palabras enlazadas rítmicamente. De ese verso, simiente, sale todo el poema, y lo más frecuente en mí es que ese verso inicial me dicte el argumento.

16Nunca me he planteado narrar un episodio, contar una anécdota, anotar una reflexión: lo que siempre me he propuesto, y me propongo, es hacer un poema, que es una entidad rigurosamente autónoma, desprendida por completo de la anécdota, de las ideas, de los antecedentes no poéticos que tantas veces pueden estar en el trasfondo de un poema. Lo que cuenta y lo que queda en definitiva, si queda, es el poema en sí. (Por eso es tan difícil hallar buenos lectores de poesía. Lo habitual es que la gente se distraiga con el asunto y no vea el poema, o no se dé cuenta de que lo que está admirando es el poema en sí, que se impone por su propia entidad y realidad, libre de lo real antecedente. No todo el mundo ve el poema, y mucho menos la poesía. Puede haber poesía sin poema, pero no hay poema sin poesía. Y estoy convencido de que la poesía se escapa, no se deja apresar, cuando a la intención de escribir un poema se le impone lo que llaman «fidelidad a la realidad», el relato exacto de lo ocurrido. No es que la poesía consista en mentir, en enmascarar la realidad, los hechos; sino que al hombre le es casi imposible apresar de veras la realidad, y mucho más difícil le es describirla, traducirla en palabras. La realidad es siempre inefable. Cuando se quiere ser exacto uno se embrolla y se vuelve laberíntico. Ante esa imposibilidad ontológica de dominar la realidad, existe para el hombre el instrumento de la poesía, llave que permite entrar e instalarse en el doble imaginativo o fantástico de toda realidad.)

17Me detengo aquí, y compruebo que, como es inevitable en mí, estoy siendo menos conciso que en la respuesta anterior. En el segundo tema, se me habla de periodismo, y se habla de lo difícil que es ganarse la vida ( Por qué se llamará así a lo que en rigor es perder la vida?) con la literatura. Aquí hay mucha tela por donde cortar. Yo fui al periodismo profesional cuando advertí que como ingeniero no iría más allá de un cargo en el ministerio, eso que llaman un destino.

18Quiero tratar ese asunto con guantes de seda, porque en general se me ocurren cosas bastante desagradables cuando pienso en lo que es el periodismo. Balzac dijo una verdad tremenda: Si el periodismo no existiese, habría que no inventarlo». Lo contrario de lo que se ha dicho de Dios. Porque el periodismo –no los periodistas– es una cosa que no está en la inteligencia. Como se le entiende habitualmente, como se le práctica, es algo deplorable y dañino para el espíritu, porque es una escuela cotidiana y pertinaz de vulgaridad (de vulgaridad impuesta por la demanda del mercado). ¿A qué seguir? Uno está en el periodismo y no debe, ni puede, subestimarlo, porque tampoco es una prisión ni un infierno. Sólo que es una profesión que apenas si tiene que ver con la literatura, no obstante que se hace con letras, y apenas tiene que ver con la filosofía no obstante que maneja ideas. El periodismo cotidiano gasta y vuelve roma la sensibilidad de un artista, de un pensador, de un poeta. Comprendo el horror con que vieron algunos amigos de la juventud mi entrada en firme en un periódico. Por cierto buen concepto que tenían formado sobre mis posibilidades en lo literario, se enojaron bastante, y me tuvieron por frívolo y por sediento de riqueza, cuando no sólo entré en el periodismo, sino que a poco fui en la profesión esa cosa nauseabunda que se llama un triunfador.

19Sobre que soy fatalista y pienso que siempre ocurre lo que tiene que ocurrir, influyó mucho en esa decisión el hecho de que nunca me he creído llamado a nada importante en la literatura. A los que me decían, con severidad o con ternura, que hacía muy mal en «dejar las letras», les respondía, más o menos, esto que respondería ahora mismo: «Mire usted, yo sé que no soy no voy a ser Rilke, Eliot o cosa parecida. Necesito un trabajo bien retribuido, por motivos familiares. Si no atiendo esos motivos, y resultara después que no iba más allá en lo de la literatura, tendría para siempre un remordimiento que sé muy bien no voy a tener porque deje de escribir este o aquel poemita, este o aquel ensayejo. Como aprendiz de poeta me siento corriente y dentro de una muchedumbre de semejantes. Tengo entusiasmo, pero no vanidad. Creo en la poesía, pero no en mí. Sé que el deber verdadero de un aspirante a poeta es exponerse a no comer, y a que su familia no coma, a cambio de «hacer su obra». Sé lo que sacrificó Rilke, y sé que Cezanne no fue al entierro de su madre por no perder un día de pintura, pero amén de que no me creo llamado a hacer nada grande, sé también que José Martí dijo: «Ganado el pan, hágase el verso». ¿Qué quizá por eso Martí no fue un Homero, un Dante, etcétera? Pero fue el que quiso ser, el que prefirió ser. A esa preferencia o acomodación es a lo que llamamos Destino. Yo no puedo hacer nada contra el Destino: yo acepto el Destino. No me quejo, no doy explicaciones. Aprendí en Shelley que lo propio del ser humano, de una-víctima-más-entre-las-garras-de-la-naturaleza, que eso es el hombre en definitiva, el inocente, es tomar por escudo la divisa de Prometeo: Never complain, never explain.

20F. L. – ¿Qué recuerdos tienes de la visita de Juan Ramón Jiménez a La Habana y tu opinión sobre su famosa Antología de la poesía cubana, publicada en 1937?

21G. B –Los recuerdos que tengo de Juan Ramón Jiménez en La Habana los reviví no hace mucho en el número especial dedicado a Juan Ramón por la revista Cuadernos Hispanoamericanos, que dirige el poeta Félix Grande. Mi evocación la titulé Juan Ramón Jiménez, vivo en el recuerdo.

22Como me parece pueril eso que llaman «contar recuerdos», relatar anécdotas, dediqué esas páginas a tratar el tema del Juan Ramón en el teatro, quiero decir, recibiendo visitas, ofreciendo una conferencia, etcétera, en contraposición al Juan Ramón Jiménez a solas, en la intimidad.

23Tengo la convicción de que estas personalidades de tanta vida interior, como Juan Ramón, como Borges, como Unamuno, dan al público, al periodista, a la visita, etcétera, el personaje que saben se espera que ellos den, el ficticio personaje de las anécdotas y de las tontería inevitables en las tertulias, en la conversación corriente y en las declaraciones para la prensa. Ni Juan Ramón, ni Borges, ni Unamuno son capaces de escribir bobadas. Pero los tres, en la tertulia, en la conversación con las terribles visitas, decían las tonterías más fuertes que cabe imaginar.

24Me di cuenta inmediatamente de que Juan Ramón sacaba a la luz el que se esperaba, el de los papanatas, y reservaba el Juan Ramón verdadero. Su presencia en La Habana fue para mí, como para todo amigo de la poesía, un espectáculo maravilloso, una incitación al rigor, a la existencia propia. Juan Ramón callado, solo, tranquilo, o leyendo sus prosas y sus versos era una lección de poesía viva. Él era un poema de Juan Ramón Jiménez. Con su sola mirada obligaba a tomar en serio a la poesía.

25En cuanto a la antología del 37 (o del 36, que fue cuando se hizo, no cuando se publicó) recuerdo que se le llamó «cajón de sastre», por el enorme número de personas incluidas. Naturalmente, una antología así no puede ser sino un catálogo, y como tal, la Antología de Juan Ramón y Chacón y Calvo, fue útil. Yo no estoy en ella, o creo recordar que no estoy. No tengo el libro a mano. Se decía que ante ciertas críticas acerbas, Juan Ramón Jiménez explicaba, en privado, no en público, que toda la culpa era de Chacón y Calvo. Chacón era tan buena persona que no podía en modo alguno ser un crítico, lo que merece llamarse un crítico, que no es un malvado por fuerza, pero es alguien que debe tener el valor de enjuiciar con libertad y con objetividad, y de decir francamente lo que piensa, y sobre todo, por qué piensa y cree eso que dice.

26Chacón era una maravillosa persona como ser humano y como erudito. Pero como crítico era un desastre. Una vez le escuché responder a alguien que le reprochaba sus elogios excesivos a un verdadero matarife de la poesía: «¡Es tan buen hijo, es tan buen hijo!». Juan Ramón confesaba que se sentía coaccionado por las recomendaciones de Chacón a la hora de seleccionar los poemas para la Antología. Suavemente, suasoriamente, Chacón acababa siempre por salirse con la suya, porque Juan Ramón estaba en situación de inferioridad: invitado, bien acogido, tratado por Chacón con enorme delicadeza y respeto, ¿qué iba a decir? Pero me consta que cargó con la Antología como con una cruz, y que se ruborizaba de ella como de un delito monstruoso. No era para tanto. Pero un hombre tan exigente consigo mismo como Juan Ramón, que tenía además un ojo infalible para «ver» el poema, tenía que reaccionar forzosamente como una víctima ante las cataratas de la antología.

27F. L. – ¿Y de la estancia en La Habana de otros escritores españoles como Fernando de los Ríos, Manuel Altolaguirre, María Zambrano y otros?

28G. B –De la estancia en La Habana de los intelectuales españoles aventados allí por la guerra civil, no hay que decir más que aquello fue el mayor regalo que pudimos recibir nunca los que éramos en ese momento «la juventud universitaria». La conducta de los catedráticos y autoridades de la Universidad de La Habana para con esos maestros –María Zambrano, José Gaos, Ots Capdequi, Xirau, Ferrater y tantos otros maestros genuinos– fue una verdadera vergüenza. Y una vergüenza, además, recubierta de una capa de hipocresía casi diabólica. Se les ofreció unas conferencias, algún cursillo muy breve, alguna velada literaria, etcétera…, pero no se les dio cátedras, no se les ligó fuertemente a la Universidad, como era lo debido, y lo que convenía más, no a ellos, sino a la cultura cubana.

29Los mexicanos fueron infinitamente más inteligentes y lúcidos que los cubanos. Véase lo que hizo en México el exilio español: lo hizo todo, lo renovó todo: lo engrandeció todo. Cuando un país tiene la oportunidad de «hacerse», de la noche a la mañana, con figuras como María Zambrano, José Gaos, Joaquín Xirau, Claudio Sánchez Albornoz, Domingo Barnes, José Rubia Barcia y los deja escapar, por pequeñeces, por miedo a la competencia, por cominerías., ese país puede clasificarse como tonto y desdichado.

30De este asunto hablé alguna vez en el periódico, en un artículo titulado maliciosamente: Anifranquistas en la escalinata y franquistas en el rectorado, que me trajo cóleras y maldiciones sin cuento. Todo aquello fue mezquino; una página tenebrosa en la historia de la cultura entre nosotros. A Gustavo Pitaluga, una de las glorias de la medicina europea, le obligaron a sentarse en un banquito y contestar quince preguntas para permitirle trabajar como médico. ¡Puro tercermundismo cultural y subdesarrollo mental!

31F. L. – A partir de 1940 surgen en Cuba numerosas revistas literarias: Verbum, Espuela de Plata, Nadie Parecía, Clavileño (de la que fuiste fundador), Poeta, etcétera, formando lo que Roberto Fernández Retamar llama la generación de poetas trascendentalistas, que gira en torno a Lezama Lima y la revista Orígenes (1944–1956) y la integran contigo Ángel Gasztelu, Justo Rodríguez Santos, Virgilio Piñera, Eliseo Diego, Cintio Vitier, Octavio Smith, Fina García Marruz, Lorenzo García Vega, etcétera. ¿Qué nos puedes decir de esas revistas, de Orígenes en particular, del llamado Grupo Orígenes, de sus tertulias y ediciones?

32G. B –Ese tema de la «generación de Orígenes», los trascendentalistas, etcétera, tiene que ser tratado, me parece, con mucho cuidado, para no dejarse arrastrar por el tópico, por el juicio que por inercia se hace lugar común y acaba por convertirse en tradición o en ley fija.

33En rigor, no hay tal generación de Orígenes. Usted no puede hallar nada más heterogéneo, más dispar, menos unificado, que el desfile de la obra de cada uno de los presuntos miembros de la generación. Siempre he tenido la impresión de que Lezama, que era una personalidad muy fuerte, que tenía un concepto exigentísimo para la selección y publicación de un material en «su» revista, aceptó a muchos de nosotros a regañadientes, porque no tenía a mano a nadie más. Creo que literalmente no nos estimaba en lo más mínimo. Lo que cada uno de nosotros hacía estaba tan lejos, a tantos kilómetros de distancia, de lo que él hacía, que la incompatibilidad era no sólo obvia, sino escandalosa.

34En lo personal mismo nos llevábamos bastante mal. Pero esto es propio del ambiente literario, o de los literatos de todos los tiempos. Mi veneración y mi respeto por la obra de Lezama y por su actitud ante la cultura, no me impidieron nunca reconocer que su carácter era muy fuerte, intransigente, con rigor excesivo para enjuiciar personas y obras. Casi siempre estábamos, como los niñitos en el colegio, «peleados». No nos reuníamos en grupo jamás, porque no existía tal grupo, sencillamente. Cuando por una simpleza, nos echó de Orígenes a Cintio, a Eliseo, a mí y a otros, puso una nota que me produjo una risa enorme, porque decía que a partir de ahí la revista iba a ser «más fragante». ¡Y metió a Rodríguez Feo! La palabra «fragante», que nos calificaba de apestados, tenía una gracia enorme, como producto de una rabieta infantil que era.

35Esto no quiere decir que desconozca o niegue el valor de la revista Orígenes. Una cosa es la revista y otra es lanzarse, por comodidad y por obediencia al lugar común, a hablar de «la generación de Orígenes». La revista fue la expresión de unas tendencias literarias actuales (actuales en aquel momento, por supuesto), pero no fue sino una expresión más del amor sempiterno de los cubanos por la literatura y por la publicación de buenas revistas. Es explicable que los extraños hablen de Orígenes como si se tratara de algo único, insólito y excepcional en Cuba. Dejando a un lado la cuestión de la calidad, que es, en definitiva, cuestión de preferencias y de gustos, ¿cómo desconocer la importancia de revistas como la de la Universidad de La Habana, como la Revista Cubana, como la Bimestre, como la del Lyceum, como la de la Biblioteca Nacional, como la de los arquitectos, etcétera? Desdeñar olímpicamente todo lo que hacen los demás, todo lo que no responda textualmente a nuestro criterio, es una agresión a la cultura, es un acto de barbarie. Siempre, en todo tiempo, la nueva generación de poetas hace heroicamente «sus revistitas», como decimos peyorativa e injustamente. Las hemerotecas cubanas deben estar llenas de publicaciones modestas, humildes en la presentación, pero llenas de fe en la poesía. Piénsese en una revista como Orto, de Manzanillo, la revista de Sariol, y se tendrá un ejemplo magnífico de lo que quiero decir. O en aquella santiaguera que tenía el estupendo título de Una aventura en mal tiempo. ¿Y Cuba contemporánea y tantas otras?

36F. L. – ¿Cómo era el ambiente literario en La Habana de los años cincuenta?

37G. B –Creo justo responder que era igual al de los años 40, y al de los años 30, y al de los años 20. Un ambiente reducido, corto en cuanto número y la extensión, la penetración quiero decir, pero apoyado o mantenido, siempre, por una élite muy inteligente y muy enterada de las letras extranjeras, muy al día. Hay que recordar que nuestra cultura, como transfundida por la España de los siglos xvi y xvii, estaba pensada, al igual que en todos los países hispanoamericanos, para una casta, para un sector seleccionado, privilegiado, de la sociedad. Este hecho produjo en todos los territorios culturizados por España, el enorme desequilibrio entre la masa analfabeta o semianalfabeta y la élite cultivada, refinada, minoritaria. En el cuadro general de sociedades que leen tan poco como las hispanoamericanas, Cuba ocupó siempre una posición relativamente privilegiada, diferenciada de la mayoría de los países de su propio origen cultural.

38El ambiente cultural de Cuba era, lo fue siempre, desde el siglo xix, de los mejores de América, valga lo que valga esta clasificación en el escenario de la cultura mundial. Los jóvenes de los años 50 pecábamos de filoneísmo y los viejos de misoneísmo, como en todas partes, y como siempre, desde que el mudo literario existe. Podemos quejarnos de que la élite fuese muy reducida (no tanto como se piensa habitualmente), pero este fenómeno no resta importancia al valor de las personalidades producidas en el mundo de las artes o en el de las letras, las ciencias, etcétera, ni al puesto que el país merece ocupar en la historia general de la cultura en el Nuevo Mundo.

39F. L. – ¿Cómo crees que te influyó, desde el punto de vista literario, tu larga amistad con José Lezama Lima? ¿Qué recuerdos y valoración te merece el gran poeta cubano?

40G. B –La relación. Literaria primero y literaria y de amistad después, con Lezama, es, para mí, el hecho más importante de mi vida. Me acerqué a él por carta, en los años treinta y tantos, creo que hacia el 35 o el 36, no puedo precisar, ni tiene interés alguno la exactitud de las fechas.

41Por pura casualidad, que yo interpreté y sigo interpretando como una señal, un signo, un aviso, hallé en la calle, en una revistita que acababa de salir, llamada Compendio, el poema titulado «Discurso para despertar a las hilanderas». Nunca, ni antes ni después, me ha producido tal impacto la lectura de un poema. Firmaba aquello «José A. Lezama», porque todavía él usaba la inicial de Andrés, su segundo nombre. Se hablaba allí, al pie del poema, de que se trataba de un joven poeta «que cultivaba lo onírico» y que preparaba un libro titulado Filosofía del Clavel. Me hice con la revista y me fui a mi casa decidido a escribirle a quien había escrito aquello que, de acuerdo con mi enorme pedantería y spenglerismo de entonces, no se podía producir en Cuba.

42Envié a Lezama, cuya dirección averigüe con mucho trabajo, una carta larguísima, sedantísima, llena de citas: una vitrina infantil para exhibir lecturas abundantes, dispersas y mal asimiladas, pero impresionantes. A poco llegó a mi casa –en la calle Virtudes, 880– una larga carta de Lezama, que terminaba con estas palabras: «Salud, arcos y flechas».

43Tardé no sé cuántos meses en conocer personalmente a quien ya yo llamaba, sin la menor ironía, Maestro, como le sigo llamando cincuenta años después. La relación personal estuvo, en los primeros años, llena de alternativas, de «baches», de tropiezos. A veces estábamos meses y meses sin tratarnos, porque mi carácter le resultaba demasiado blando con los demás, poco exigente. «Usted es muy politiquero», me decía, refiriéndose a que yo tenía trato, superficial, pero cordial, con personas por las que él sentía un desprecio total (me refiero a la cultura, a valor intelectual de esas personas). Un día me dijo, muy encolerizado: «¡Usted es capaz de cualquier cosa, usted es capaz de hablar hasta con Jorge Mañach». Llamarme pastelero, politiquero, salonnier, era lo más suave que me decía. En ese tiempo era un verdadero ogro, un puercoespín hecho y derecho.

44Pero nada de eso tiene interés, pienso. Lo importante, para mí, y creo que para el lector interesado en la cultura, no en el chisme, es su obra, es la realización de esa obra en un medio nada propicio, nada favorable. ¡Cuánto sacrificio, cuánta energía, cuánta fe en la inteligencia y en sus exigencias hay en la labor de este hombre! Jamás hemos tenido un artista tan responsable, tan heroico. Haberle conocido es una dicha. Recuerdo que una vez, una persona muy famosa, muy conocida, me dijo: «No puedo explicarme cómo tiene usted tanta veneración por este sujeto, y llega a llamarle maestro; para mí él no es más que un gongorino retrasado e indigesto, un anacrónico. Me manda sus libros y yo ni los abro, no los leo».

45En respuesta a este ilustre «hombre público» (es curioso, de paso, esto de que llamarle a alguien «hombre público» sea un elogio, mientras que se lo decimos a una mujer la estamos ofendiendo), le dije con la mayor serenidad posible: «Mire, don Fulano, de usted y de mí se hablará el siglo que viene en función de lo que hayamos hecho con Lezama. Yo tengo un puesto asegurado, para siempre, en la literatura cubana, porque fui la primera persona que publicó un artículo en elogio de la obra de este hombre». (Me estaba refiriendo a un trabajo publicado en el periódico El Mundo, a página entera, con dibujo de Lezama por Portocarrero, año 1942. Este trabajo fue reproducido hace poco en Nueva York por Florencio García Cisneros, en su revista Noticias de Arte).

46Sobre el tema de «la influencia», sólo puedo decir que si se llama influencia a la imitación, a la búsqueda de un parecido, o a la copia de un estilo, creo que nunca existió una influencia de la poesía de Lezama en lo que yo hacía. Su influencia sobre mí, como sobre muchas otras personas, fue más bien de ambiente, de personalidad. Tratarle era acercarse a un mundo intelectual riquísimo, a una constante apelación a la inteligencia, a la seriedad, a la búsqueda de una expresión más depurada. No he conocido nunca persona con mayor proyección, irradiación si se quiere. Su magisterio efundía de su actitud ante la cultura. Eso que atribuyen a Rilke de que el poeta es poeta hasta cuando se lava las manos, se daba a la perfección en Lezama. Aun su glotonería estaba llena de literatura. Sin proponérselo, porque en el fondo era muy modesto, ejercía una influencia arrolladora. Tenía una de las risas más estrepitosas y agradables, por sonoras, por musicales, que he escuchado nunca. Un hombre que sabe reírse a gusto es siempre una buena persona, y más si es grueso, corpulento. Si algún día me convenzo de que tiene interés la rememoración de lo estrictamente personal tratándose de un artista de esta categoría, puede que cuente anécdotas, frases, chistes. Pero, ¿qué interés tiene nada de eso, que es trivial, que se da en todo el mundo, si tenemos delante una obra de la magnitud y de la significación de la forjada por Lezama en toda una vida de creador, de artista? La cercanía de su persona nos impide ver su grandeza. Hemos asistido a todo un gran siglo, y no lo sabemos, no lo advertimos.

47F. L. – En 1942 publicas tus dos primeros poemarios: Poemas y Saúl sobre su espada. ¿Qué críticas suscitaron estas primeras entregas poéticas?

48G. B – Sobre las primeras críticas a cosa publicadas por mí, no guardo memoria. Nunca me interesó, ni me interesa, eso de los elogios o de las diatribas. Como no tengo formada opinión sobre lo que pueda valer o no valer en lo que he hecho y creo que publicar (no escribir, publicar) es como arrojar al mar botellas con mensajes, sin destinatario, una vez cometida la debilidad de publicar un poema, no vuelvo a pensar en él por nada del mundo, y no lo releo jamás, entre otras cosas, porque veo lo que falta, lo que flaquea, lo que falla. Y como ya no hay remedio, no consigo sino disgustarme y prometerme no volver a publicar.

49Es frecuente la pregunta: ¿y entonces, para qué escribe? Es posible que, en efecto, se escriba con el único objeto de publicar, pero entiendo que eso es una de las tantas claudicaciones que la vida en sociedad impone a la inteligencia. Se escribe para explicarse el mundo, para arreglar los defectos del mundo (lo que uno ve como defectos); por ejemplo: el crepúsculo, el arcoíris, la maldad humana, la fealdad del hipopótamo, y, sobre todo, la monotonía y la insulsez del mar, ese hombre tan tonto, pero no se escribe para publicar.

50F. L. – Desde 1959 resides en España, donde desarrollas una gran labor literaria y cultural, trabajando en el Instituto de Cooperación Iberoamericana, como en la docencia (en la Escuela Oficial de Periodismo o en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo), en la prensa, hasta tu labor diaria para Radio Exterior de España. Intensa actividad que no te impidió, además de pronunciar innumerables conferencias y charlas, entregar tu libro Poemas escritos en España (1960) y publicar en la colección ADONAIS tu primordial poemario Memorial de un testigo (1966), donde, según señalan Matías Montes Huidobro y Yara González: «lo cotidiano se mezcla con lo mágico, particularmente dentro de un plano histórico… El testigo anónimo parece por momentos la permanencia; es la figura que se mueve de un contacto humano a otro: Juan Sebastián Bach, Rafael, Mozart, Waterloo… De ese modo Gastón Baquero se vuelve refinado y humano a la vez». Este refinamiento y humanidad de Gastón Baquero es perceptible para todo aquel que lo conoce y trata, aunque no cesa de decir como Raimundo Lulio:

51«Ningún hombre es visible para otro», en incluso, parafraseándolo: «Ningún poema es visible por entero para el lector», agregando que ni acaso para el autor. ¿Es esta incomunicación con los lectores lo que te ha llevado a un largo silencio de dieciocho años hasta la publicación de Magias en invenciones, en 1984?

52G. B –Yo no he estado tanto tiempo sin publicar porque me moleste o me preocupe la incomunicación. En todo ese tiempo no he dejado de escribir, sólo que he roto más de lo que he conservado, no sé bien por qué, quizá sí por vanidad, por querer seguir «figurando». Siempre digo, en autobombo, que no soy vanidoso, pero basta con mirar todo lo que he publicado, para comprender que tengo una vanidad gigantesca. Porque publicar es un acto de vanidad y de arrogancia.

53En cuanto a lo de la comunicación con el lector debo decir que todavía me sorprende comprobar cómo cada cual lee en un poema (o en un artículo de periódico, o en un ensayo), no lo que está ahí, o el autor cree que está ahí, sino lo que quiere leer. Me río mucho con las interpretaciones que he oído y oigo sobre poemas míos.

54La gente lee la poesía como si fuese un acta notarial, y no hay manera de que se detengan en el poema: van al argumento, en busca de confesiones, de chismes posibles, de tonterías. Nunca me he propuesto plantear problemas, sino plantar, sembrar poemas. Uno intenta inventar, y a las postre comprueba que la gente sólo ve en el esfuerzo el relato más o menos «bonito» de algo que ha ocurrido. Y yo creo que lo que ocurre, lo mismo si es el nacimiento de un niño, que el pisotón en el autobús, es algo que por el hecho de haber nacido, de estar ya ahí, se sale de la poesía, ya no puede ser poesía. Poesía es lo que no está. La poesía es siempre lo lejano, decía Amiel.

55Casi nadie admite, si lee el poema «Discurso de la rosa en Villalba» que yo no he estado nunca en Villalba, que no vi allí ninguna rosa, que todo es una invención mía.

56¿Por qué procedo así?, ¿por miedo a la realidad, por temor a confesar algo desagradable? No. Aparte de que estoy convencido de que la tragedia de la inteligencia es que siempre escribimos nuestra autobiografía y nada más que nuestra autobiografía (por eso aciertan los grafólogos y los fisiognomistas), lo ocurrido, lo que está ahí, es inefable, no hay palabras con que describirlo.

57Por eso son tan horribles casi todos los poemas a la patria, a la Madrid, a la Virgen, al primer hijito, a la esposa, porque esos sentimientos y esas nociones están encarnados, poetizados ya en el hecho, porque todo hecho es un poema. Si Dante llega a acostarse con Beatriz no tendríamos la Divina Comedia. Si el padre de Jorge Manrique hubiese sido un buen padre y un buen esposo, no tendríamos las Coplas por su muerte. Dante y Manrique tuvieron que inventarse un mundo, y como poseían los materiales, la materia prima necesaria, lo inventaron maravillosamente.

58F. L. – Ya en La Casa del silencio, antología poética Mariano Brull, ordenaste su producción lírica comenzando con sus últimos poemas y terminando con los primeros. En Magias e invenciones, donde reúnes tu obra poética, haces lo mismo, aunque faltan poemas –que celebras se hayan perdido– como los sonetos «Del pan de la muerte» y «Soneto para no morirme», etcétera. ¿Por qué haces esto?

59G. B –Creo que todos los poemas que se han perdido, míos y de quien sea, están bien perdidos. Si de veras tienen algún interés, ya aparecerán algún día. Sólo echo de menos un poema titulado «Teoría de la línea y de la esfera», publicado, creo, en la revista Grafos, donde mi inolvidable y generoso amigo Guy Pérez Cisneros era Jefe de Redacción. Y le echo de menos porque no recuerdo nada del poema; pienso que con ese título puede ser interesante. Seguramente, si vuelvo a leerlo, no me gusta nada, y lamentaría su salida del limbo en que se encuentra. Sobre viejos poemas inéditos o perdidos hay que tomarle la palabra a Peyreffite: «Lo pasado, pisado». Lo que se pierde es porque fatalmente tenía que perderse3.

60Sobre el orden inverso en la publicación de los poemas de un autor que ha escrito desde hace mucho tiempo, la explicación está en que se supone (yo al menos lo supongo) que vamos mejorando con el tiempo. Esta idea es una tontería agradable, porque la historia literaria nos muestra que casi siempre es al revés: con el tiempo se va empeorando. El envejecimiento del cerebro y de la sensibilidad son inevitables, salvo contadísimas excepciones: Goethe, Verdi, Miguel Ángel, unos pocos más, muy pocos.

61Al publicar primero en un libro los últimos poemas, se le tiende una trampa inocente al lector. Se le dice: esto es lo que creo mejor mío: Por ejemplo, en el caso de la antología de Brull, procedí así, dando primero lo último que dejó el poeta, porque pensé que siendo su obra poco conocida en España, si el lector corriente tomaba el libro en las manos y comenzaba por leer el primer libro de Mariano, se formaba ya una idea falsa, o incompleta, de la obra poética total de un hombre que evolucionó tanto. Sobre todo los lectores jóvenes tienen que ser atraídos por textos que no le suenen a «cosa vieja», a antigualla. Casi todos nos arrepentimos de los primeros poemas, y hay personas (como fue el caso de Juan Ramón), que consideran una agresión, una ofensa, que se les resucite un pecado viejo. Hay horribles primeros poemas de Huidobro, de Neruda, de cien autores más. Gabriela comenzó que daba pena. Juan Ramón llegó a prohibir que lo incluyesen en antologías no hechas por él mismo, debido a que le sacaban a la luz poemas de los que él estaba avergonzado.

62Pero todas estas aclaraciones son inútiles. Porque, ¿quién sabe en definitiva cuál poema gustará o no el día de mañana? De todo mi libro Memorial de un testigo, el gran Humberto Díaz Casanueva se detuvo especialmente en «Plenitud de la manzana», poema al que yo le daba menos importancia que a un sombrero viejo. En esto, como en todo, el misterio acaba por dominar. Cervantes murió convencido de que había escrito una gran obra, el Persiles, y estaba muy seguro de que por la gloria de ese libro le daría, la posteridad iba a perdonarle la ligereza y la frivolidad de haber escrito Don Quijote. Así es la cosa.

63F. L. – Después de 28 años de residir fuera de su país, a pesar de la lejanía, Gastón Baquero todavía nos asombra con su evocación a Cuba, en sus más recientes poemas, como en «Brandenburgo, 1526»:

«El barón lloraba silenciosamente, día tras día en noche y alborada,
y en su habitación entraban las exquisitas damas de Brandenburgo
para escucharle una y otra vez el relato de sus alucinaciones. Hablaba
de ríos absolutamente cristalinos, de rojas mariposas sonoras,
de aves que conversaban con el hombre y reían con él. Hablaba
de maderas perfumadas todo el tiempo, de translúcidos peces voladores, de sirenas,
y describía árboles golpeantes con sus fustes en la techumbre del cielo,
y se le oía runrunear, transportando en su sueño al otro mundo
cancioncillas que jamás resonaron en los bosques del castillo. Y cantaba:

Senserení, color de agua en la mano
y sabor de aleluya en bandeja de plata;
Senserení cantando a través del verano
Con su pluma de oro y su pico escarlata».

64Madrid, 1987.

Segunda conversación (1994)

65F. L. – En estos años, desde nuestra primera entrevista (1987), te han publicado varios libros. Uno de los más importantes es Indios, blancos y negros en el caldero de América, editado por el Instituto de Cooperación Iberoamericana. ¿Qué nos pues decir sobre el Descubrimiento de América, cuyo V Centenario levantó tanto polvareda, sobre el mestizaje de Nuestra América y otros temas tratados en esa obra?

66G. B –Responder cumplidamente a esta ardua pregunta requiere un libro. Creo con Humboldt que el Descubrimiento de América es el hecho más importante de la Edad Moderna. Con el Descubrimiento vino el Renacimiento, el resurgir de Europa, y la supremacía de Occidente sobre Oriente. El fruto mayor de ese hecho fue la creación de una nueva Cultura: la indohispana, o iberoamericana, o como se quiera llamar al gran mestizaje racial y cultural. Esto, si seguimos en la mirada parcial hacia 1492, porque si somos objetivos, de lo que habría que hablar era de una Cultura Euro-afro-americana, para que entren en ella, como están–, los Estados Unidos, Canadá, y los negros. Tenemos la manía de pensar y decir que España tiene el protagonismo total de la creación del Nuevo Mundo. Y si recordamos la extensión de Brasil, de Norteamérica y del Canadá, Hispanoamérica es la porción menor del Nuevo Mundo. En consecuencia…

67F. L. – Eres fundamentalmente un poeta, pero también tienes una importante obra ensayística, como: Ensayos (1948), Escritores hispanoamericanos de hoy (1961), Darío, Cernuda y otros temas poéticos (1969), el mencionado Indios, blancos y negros en el caldero de América (1992), Acercamiento a Dulce María Loynaz (1993) y tienes inédito: Imagen total de Andrés Bello. ¿Tienes algún otro ensayo en preparación?

68G. B –En preparación, en proyecto, tengo varios ensayos. Uno sobre «las bases tróficas de la poesía», analizandorelación entre alimentos y la creación de poemas. Y otro, demasiado audaz según creo, sobre el hombre como producto de la fermentación pútrida de una estrella muerta. Para 1995 preparo un libro que recode toda mi reacción ante el genio, ante el planeta que es Martí. Lo titulo Aproches a Martí4, recuperando la arcaica palabra aproche, tan de la lengua española medieval, a pesar de las apariencias. Digo aproches a Martí porque se trata de un acercamiento, asedio amistoso y cerco de un castillo.

69F. L. – ¿Querrías desarrollar un poco más esas ideas del poema como química y de la poesía casi vista como una elaboración gastronómica?

70G. B –Para responderte voy a repetir lo que dije hace algún tiempo en una entrevista. Ante todo, estoy harto de la monotonía de mis poemas. Hay una repetición interior tan molesta y tan visible en mis poemas, que no puedo soportar la relectura de cualquiera de ellos. Se cambia un poco el traje, el adorno, pero el maniquí, el esqueleto, es el mismo. Veo que en el fondo, «Palabras escritas en la arena…», es el mismo poema que «Memorial de un testigo» o que «Manuela Sáenz baila con Garibaldi el rigodón de la despedida». Estoy metido en un agujero, en una prisión, de la que no puedo, o no sé, escapar. Ortega tenía razón al decir: Nacer es caer preso de un contorno inexorable». Esto lo veo como una humillación de la naturaleza a la inteligencia. Una victoria de la fisiología sobre la estética.

71He llegado a pensar (en eso estoy sumergido ahora) que hay una estrecha relación bioquímica, trófica (no estrófica), entre lo que se ingiere –se incorpora, decía Lezama– y lo que se escribe. Es posible llegar a construir un poema de acuerdo con la cantidad de carbohidratos, o proteínas y aminoácidos, etc., que se haya incorporado al organismo. Así, si usted se come un plato de alcachofas, le sale un poema distinto al que saldría con un plato de langostas o de berenjenas. Esto, que produce risa en el primer momento, porque parece una simple broma, una boutade, es mucho más serio de lo que parece porque en el fondo todo es química, como explicaba Severo Ochoa, y nuestro organismo (incluyendo la mente, por supuesto) no es más que un laboratorio donde las reacciones quedan fuera de nuestro control. No se sueña lo mismo cuando se come carne que cuando se come pescado. Los antiguos descubrieron esto, sin conocer las causas. Moctezuma tomaba grandes jícaras de chocolate cuando se disponía a hacer el amor a gran escala, al por mayor; la ciencia ha descubierto hace poco que en el chocolate hay un ácido que es el mismo producido por el cerebro cuando se tiene alguna excitación o incitación sexual. Y los romanos descubrieron y observaron la acción del flúor en la dentadura, sin conocer exactamente el flúor, y acostumbraban a enjuagarse la poca por las mañanas con orines de español, porque comprendieron que los ríos de España contenían algún elemento que protegía los dientes: era el flúor.

72Hay una alquimia del poema, y quizás hasta la misma Poesía. Alquimia natural, no cultural. Es muy posible que en mis poemas prevalezca una dosis de azúcares que me los vuelve más sentimentales y dulzones de lo que yo quisiera. A menudo corro el riesgo del ternurismo, y la huella de eso está en mi abuso de los hipocorísticos o diminutivos. A veces llego a lo ñoño y a lo tagoriano, pero ya, a mi edad, me consuelo pensando que no es que yo sea cursi, es que la comida, la alimentación que recibí desde niño, era enormemente cursi e impropia para el desarrollo de la inteligencia. Mallarmé, estoy seguro, devoraba grandes cantidades de ostras. Verlaine llevaba los bolsillos llenos de cerezas.

73F. L. – En 1992, la editorial Verbum de Madrid publicó tu poemario Poemas invisibles, por el que estuviste nominado para el Premio Nacional de Literatura en poesía, en España y en el que hay un poema titulado «El viajero» que me parece maravilloso. ¿Qué nos puedes decir de esta nueva entrega poética?

74G. B –De los Poemas invisibles digo lo mismo que de los visibles. No sé qué interés pueden tener, ni lo que valen o no valen. Ahí cité el verso de Lope «me basta con que escuchen las estrellas», lo que quiere decir que da lo mismo e elogio o el vituperio. Lo publicado ya no tiene remedio. De lo que sí estoy cierto es que a mí los poemas y artículos del seños Baquero me aburren más que una sinfonía de Bruckner.

75F. L. – Recientemente se publicó tu Autoantología comentada, de la madrileña editorial SIGNOS, donde acompañas a los poemas seleccionados con recomendaciones de piezas musicales clásicas para leer los poemas. Supongo que tu afición a la música viene desde lejos, pero, ¿por qué en esta autoantología recomiendas la lectura de los poemas escuchando las citadas piezas musicales.

76G. B –Recomiendo esos aires de música porque me parecen, en cada caso, lo más adecuado, como un marco para un cuadro, para leerlos con un poco de atmósfera.

77La lectura de poesía tiene sus momentos, sus ambientes, sus atmósferas. Esas recomendaciones son, naturalmente, subjetivas, ambientales diría. No se trata de «acompañamiento musical», la antigua melopea, cosa horrible. Cito ahí a Portocarrero y su gusto por asociar sonoramente «Saúl…» al concierto de los cuatro clavicordios de Juan Sebastián, que no «suena» lo mismo que el de cuatro violines de Vilvaldi que Bach adaptó. Es una cuestión subjetiva, personal, por lo tanto puede variar tanto como sea la variedad de lectores. ¿Qué tiene que ver «El veronés» de Mozart con «el gato personal del conde Cagliostro»? Para mí tiene mucho que ver, por contraste, porque es el reverso de la eutrapelia del poema. El choque y el disentimiento son tan fuertes, que queda abierto el estupor que el poema debe producir, o a mí me produce.

78F. L. – La Universidad Pontificia de Salamanca organizó un Homenaje Internacional a tu figura en 1993. Sé que eres una persona poco dada a este tipo de homenajes, pero, cómo, con los años, se reciben estos reconocimientos, que supongo no serán los últimos?

79G. B –El acto de simpatía y amistad que se me ofreció en la Pontificia de Salamanca, me sorprendió, pero me molestó menos de lo que yo pensaba que me molestaría un acto solemne de este estilo. Puede ser que la vejez nos vuelve acomodaticios, pero sobrellevé muy bien, creo, tanto hablar de mí. Eso sí, me preocupó y hasta asustó pensar que deben encontrarme los demás ya muy viejo, ya a punto de seguir viaje hacia Saturno, y me anticiparon el acto póstumo. De todos modos, lo agradecí y lo agradeceré mientras viva.

80F. L. – ¿Cómo ha influido en tu poesía la nostalgia de estos 35 años de residir fuera de Cuba?

81G. B –El transcurrir o el pasar de tantos años sobre una vida tiene por fuerza una acción, una influencia sobre la persona. En realidad, yo nunca me he sentido lejos de la isla,

82Porque uno lleva consigo, dentro de sí, todo lo que le interesa en el Universo. No siento nostalgia de nada, ni la he sentido nunca, porque la nostalgia es producto de una falta grave de imaginación. Lo que me falta, lo invento. Decía Leonardo en un soneto que «quien no puede lo que quiere / que quiera lo que puede». Me gustaría darme una vuelta por Júpiter o por Venus; pero como no están a mi alcance, me contento con la Tierra, y la quiero.

83F. L. – En Poemas invisibles escribiste la siguiente dedicatoria: «A los poetas que llegan y seguirán llegando. A los muchachos y muchachas nacidos con pasión por la poesía en cualquier sitio de la plural geografía de Cuba, la de adentro de la Isla y la de fuera de ella». ¿Qué te parece esta nueva generación de jóvenes poetas cubanos, que muestran un seguimiento de tu obra y que se acercan a ti, con amistad y respeto?

84G. B –Lo que me encanta, me hace muy feliz para ahora y para después de la muerte, es comprobar cada día la pasión de los y las jóvenes de los territorios en que se desenvuelve hoy la gente cubana, por la poesía. ¡Qué maravilla, cuánta poesía buena se está haciendo dondequiera que late un corazón cubano! El sinsonte sigue cantando a todo pecho. No cito nombres ni obras por no incurrir en omisiones o inclusiones que me atraigan los rayos y truenos de la pobre Santa Bárbara. Pero afirmo que ahora mismo, entre poetas de la isla y poetas fuera de ella, hay por lo menos diez nombres que obligan a «quitarse el sombrero». Yo, que uso sombrero, no en metáfora sino en pura panza de burro, absorbo y paladeo verso a verso, poema a poema, todo lo que de cubanos cae en mis manos. Y soy feliz. Las muestras de cariño que me llegan de la plural geografía cubana, las recibo como una señal de continuidad, de sucesividad invariable de lo cubano en poesía.

85Ser uno más en esa población de los alarifes de la Casa Cubana de la Poesía, es un honor.

86Madrid, 1994.

Notes

1  Las dos preguntas iniciales de la primera conversación fueron publicadas en la revista literaria La Burbuja (Madrid, n5-6, 1985), bajo el título «La rosa oculta en la yaciente rosa», y las ocho restantes en El Gato Tuerto (San francisco, Nº 7, 1987), como «Conversación con Gastón Baquero». Título que se mantuvo en la primera edición del libro Conversación con Gastón Baquero (Betania, 1987) que reunió las diez primeras preguntas. En 1994 se publicó una segunda edición –aumentada y revisada– con ocho nuevas preguntas, un prólogo del poeta y crítico colombiano Juan Gustavo Cobo Borda y un epílogo del crítico y escritor cubano José Prats Sariol.

2  En la primera edición (1987), este verso se lee: / acuden silenciosas las ancianas./ y en la segunda edición (1994), Gastón Baquero lo cambia por: / arriban silenciosas las ancianas./ , por lo que así apareció también en las Entrevistas a Gastón Baquero (Betania, 1998) y, por ello, lo mantenemos en la presente edición.

3  En la revista habanera Credo, dirigida por Iván González Cruz en la Cátedra de Estudios Cubanos de Instituto Superior de Arte, se publicaron en su número inicial (octubre de 1993) diez poemas inéditos de Baquero hallados en el Archivo de Lezama Lima por Cintio Vitier, Eliseo Diego y Jorge Luís Arcos, autor del estudio «Gastón Baquero o la poesía en el jardín de la muerte». De esos poemas dice el autor: «Como sospechaba, el encuentro con estos desconocidos me dejó estupefacto. No tengo ni la más leve reminiscencia de estos huéspedes inesperados y poco deseables. Salvo el soneto del marqués de Acapulco, no recuerdo nada. Admitir a estos intrusos en mi interior es como yacer junto a Julia Pastrana, la mujer más fea del mundo».

4  Posteriormente, Gastón Baquero cambió el título de este ensayo, que se publicó como La fuente inagotable (Valencia: Pre–Textos, 1995).

Pour citer ce document

Felipe Lázaro, «Conversaciones con Gastón Baquero», Líneas [En ligne], Numéros en texte intégral, Gastón Baquero, Annexes, mis à jour le : 31/01/2015, URL : https://revues.univ-pau.fr/lineas/1533.